23/2/11

No se lo digáis a nadie

Voy a romper mi reciente silencio con un premio que me dio Bet la semana pasada. No tenía la intención de perder horas indagando de dónde salió, pero una pequeña dosis de curiosidad me ha llevado a su origen a tres metros sobre el suelo, de María, en apenas tres o cuatro clicks. ¡Muchísimas gracias, Bet!La única regla es contar un secreto muy íntimo y personal pero yo, parafraseando a Kiko Matamoros, si tuviera que contarlo no sería aquí sino en el Deluxe y cobrando una pasta.

Pero os voy a dar un poco de carnaza, para que no digáis. Corría el año 2002 y yo estaba perdidamente enamorado de una chica. Esa chica había estudiado conmigo solamente ese curso, último año mío en el instituto. El miércoles 26 de junio, lo sé porque se jugaba la segunda semifinal del Mundial de Corea-Japón, decidí ir a verla a su pueblo. Fue un arrebato, algo visceral. Nunca me había atrevido a decirle nada, y ese día me levanté con valor, cosa rara en mí, y me fui para la estación. La excusa con la que iba era darle la fecha de los exámenes de septiembre, supongo, a pesar de que yo ya no tenía que hacerlos. Vamos, que era un canteo igual, plantarme allí por sorpresa en plan "no, por si acaso tú no lo has mirado ya te lo traigo en persona". Pero lo mejor de todo es que, a dos minutos de llegar a la estación, me di cuenta de que, probablemente fruto de los nervios, había olvidado llevar conmigo la hoja donde estaba toda la información. ¡Qué estúpido! Si ya era patético presentarme con la hojita de las fechas como excusa chapucera, sin ella ya era el no va más. Y lo mejor es que, pese a ello, seguí a lo mío. Cogí el tren que deja en el pueblo más cercano, pregunté por el ayuntamiento, allí pregunté por un taxi, me dejaron llamar desde su teléfono... cada vez que lo recuerdo me parece más y más impropio de mí, irme a la aventura con cero planificación, sin plan alternativo, y dejando demasiadas cosas al azar. Lo cierto es que el azar quiso que contactara con el único taxista del pueblo, un tal José Luis, que me llevó al pueblo de la susodicha a cambio de 10€ (y como si pide 50, tenía un monopolio xD). Una vez allí me di cuenta de que ni siquiera sabía dónde vivía, solo que era en la plaza mayor... y no había ninguna plaza con ese nombre. El taxista me dejó en la que a él le parecía más importante y se marchó. Yo buscaba, en vano, portal tras portal. Incluso visité, andando, dos pueblos que están al lado buscando quién sabe qué. Tras toda la mañana perdida y momentos antes de desistir, me descubrí deambulando por la Calle Mayor. Era calle, no plaza. Encontré su casa. Llamé al timbre. ¿Qué excusa podía poner? Afortunadamente para mi imagen y desafortunadamente para mi corazón, no había nadie en casa. Cansado, derrotado y ridículo, decidí regresar al pueblo con estación de la manera más barata: haciendo autoestop. Un amable anciano me recogió y me dejó a tiro de piedra. Cogí el primer tren y regresé a Valencia, justo a la hora de comer. El partido aún no había terminado. El de fútbol, al menos.

Y esto, que era íntimo y personal, deja de ser un secreto. Creo que sois los primeros en saberlo, nunca lo había contado. En fin, qué tiempos, cuando yo era joven.

3/2/11

Heartbeats

Rodeados de un buen número de personas, solo ellos dos quedaban haciendo juego en esa sala. Cuatro cartas sobre la mesa, un gin-tonic vacío y una apuesta en el aire. All in, dice. Mueve todas sus fichas y le conmina a aceptar el último reto.

- ¿Lo ves o no?

Boffes estaba nervioso, notaba su corazón palpitando contra su pecho. Tenía frente a sí un montón de fichas que superaba, de largo, la cantidad que le quedaba. Ver la apuesta era jugárselo todo a una carta, y nunca mejor dicho. Con lo que había sobre el tapete, solo una reina de corazones podía hacerle ganar. Retirarse ahora suponía perder los miles de dólares que ya había puesto en juego. ¿Claudicar con el rabo entre las piernas y conservar una parte de su dinero, o llegar hasta el final tentando a la suerte? Para un jugador empedernido, la pregunta es retórica.

- Lo veo. Saca carta.

Minutos después se encontraba en la calle fumando un cigarro. La ciudad estaba llena de casinos, pero esa era su noche libre. Ya pensaría dónde dar su siguiente golpe otro día. A diferencia del resto del mundo que va a divertirse a La Capital Mundial del Entretenimiento, la emoción, para él, no estribaba en jugar con un casi inexistente porcentaje de éxito esperando que la suerte le acompañara en forma de carta furtiva, sino en continuar prediciendo, sin error, cuál sería el siguiente naipe extraído. En ambos casos, el dinero no era más que una excusa. Nadie va a Las Vegas por dinero, pues nada paga mejor que sentirse vivo.