30/4/08

La última noche

Cuando, en enero de 2007, mi ordenador feneció y se llevó con él uno de los dos discos duros que teníamos, perdí todos los relatos que tenía guardados, entre otro millón de cosas de incalculable valor. Inmediatamente -o, para ser más exactos, en cuanto volví a tener ordenador- busqué por aquellas páginas en donde, recordaba, había posteado algunos (desgraciadamente no todos) de mis relatos, para recuperar el mayor número posible de los mismos, pero muchos de esos sitios, particularmente un foro en el que compartí la mayoría, ya no existían. Frustrado, no copié ninguno.

Mal hecho, pensaréis, pero ello me dio la oportunidad de, decidido, ahora sí, a recuperarlos, hacer una nueva búsqueda hace apenas mes y medio. Y en un foro en el que no esperaba encontrar gran cosa hallé varios de ellos, algunos no me sorprendió encontrarlos, pero otro, el primero de todos, sí. Los demás los creo perdidos para siempre, aunque en honor a la verdad aún conservo aquel disco duro con la misma esperanza que Walt Disney. En fin, qué vida perra, lamentarse ya no sirve de nada.

Este es ese relato, escrito en su versión original en diciembre de 2003, hace ya más de cuatro años, para un pequeño concurso de un pequeño foro. Creo que al final participamos cuatro o cinco personas. He modificado un par de cosas, en la forma, no en el fondo, claro, alguna frase y un verbo incorrecto tal vez, si por mí fuera probablemente lo reescribiría por entero pero lo voy a poner tal cual fue concebido, salvo esa nimia inyección de botox.


La última noche

Le había dicho a su mujer que tenía una cena de empresa. Otras veces había sido una reunión, un aviso urgente, un congreso. Un fin de semana de negocios, o una conferencia en Bruselas, nada importaba con tal de tener licencia para evadirse.

Alberto nunca había tenido un gran sentido de la fidelidad. María, su esposa, se lamentaba de que los problemas hubieran llegado tan pronto a su relación. Eran una pareja joven, sin hijos. María sospechaba que Alberto tenía una amante. Y no es que se hubiera dado cuenta recientemente. Ella sabía que su marido le había sido infiel en otras ocasiones, pero esta vez era distinto. Lo supo porque Alberto empezó a cancelar citas importantes. No se olvidó de su cumpleaños, pero no cenó con ella. No olvidó el día en que se conocieron; envió rosas, pero no estaba allí.

Hoy era su aniversario. Hoy hacía tres años que se habían casado. Alberto lo sabía y, como hiciera en las anteriores ocasiones, le había preparado su plato favorito. Pero enseguida anunció que se marchaba, y que no podría venir a cenar: Tenía una cena de empresa.

María estaba en lo cierto, esta vez era distinto. Alberto no era un hombre enamoradizo, a pesar de sus muchas aventuras, pero esta se estaba prolongando de manera inusual. No podía dejar de pensar en ella, Sonia. Hoy hacía un año desde que se habían conocido, e iban a cenar juntos. Como muchas otras veces, Alberto aparcó su descapotable en la puerta del instituto, y esperó a que la chiquillería saliera. Y allí estaba ella, entre la multitud, tan bella como de costumbre, con esa cara entre pícara e inocente que le había conquistado. Subió al coche de un salto, se besaron, y se alejaron de allí. Alberto también era consciente de la situación. Lo que sentía por Sonia no lo había sentido nunca antes. “¿Será esto lo que llaman amor?” - se preguntaba a menudo. Incluso había hecho que se replanteara algunas cosas, como dejarlo todo por ella. Sabía que era imposible. Sonia apenas tenía dieciséis años. Su relación no podía funcionar. Tampoco tenía excesivo interés en abandonar a su mujer. Después de todo, la quería, a su manera. Pero iba a hacerlo igualmente. Necesitaba hacerlo.

María decidió dar una sorpresa a su marido. Pensó en ir a buscarle a Mr. Dean, el restaurante habitual de las cenas de empresa de Alberto, un sitio al que habían ido un par de veces. Llegaría allí y, con su belleza, causaría furor entre los compañeros de su marido, que le felicitarían con algún codazo discreto por la esposa que se gastaba. Pero antes tenía que esperar a que trajeran su regalo de aniversario: una ultrachic mesilla de cristal de diseño imposible.

Alberto no había pensado lo mismo. Sonia le había pedido en varias ocasiones que la llevara a DeLuca, el restaurante de moda de la ciudad. Era un sitio caro, de hecho el más caro, y eso la hacía sentirse mayor, importante. Sabía que tenía a Alberto a su disposición, que haría cualquier cosa que ella le pidiera. El DeLuca se encontraba a un par de manzanas del Mr. Dean, en la misma exclusiva zona en cualquiera de cuyos bares un camarero no podría permitirse ninguno de los cócteles que servía. En días señalados, sus respectivas colas podían llegar a converger. La rivalidad entre ambos restaurantes por alzarse con el favor de la crítica, la sociedad y las revistas gastronómicas era bien conocida en la ciudad.

Una vez hubieron traído la mesilla, María comenzó a vestirse. Encendió la tele mientras terminaba de arreglarse. Todas las cadenas habían cortado la programación para ofrecer la misma noticia: había estallado una tubería de gas en el Mr. Dean. María salió disparada sin siquiera ponerse los pendientes o perfumarse. Su marido estaba allí, podría haberle pasado cualquier cosa.

Y así habría sido, si realmente se hubiese celebrado la cena de empresa. Pero no existía tal cena. Sonia y él salieron del DeLuca al oír la explosión. Se acercaron a preguntar, al ver el fuego y el humo. Alberto cogió el coche y llevó a una asustada Sonia a casa. Tendría que esperar para decirle lo que sentía. Minutos después, llegó a su casa. Entró haciendo el menor ruido posible, y sin encender ninguna luz, para no despertar a su mujer, quien solía acostarse temprano.

No esperaba, por supuesto, el nuevo obstáculo que se hallaba en su camino. Tropezó con la mesilla y fue incapaz de recuperar el equilibrio. Cayó de espaldas y con estrépito sobre la nueva mesilla, fragmentándola en mil pedazos.

Quedó de cara al techo, un espejo en el que se reflejaba de lo más ridículo. Comprendió que estaba sobre los restos de una mesilla de cristal. Supuso que era el regalo de su mujer, y pensó en lo irónico de la situación. Intentó erguirse, pero el dolor era insoportable. Descubrió que, si no se movía, no le dolía. Sabía que tenía cristales clavados en el cuerpo, pero no si habían alcanzado algún punto vital. Estuvo un rato viendo frente a sí una figura casi inerte, inmóvil. Era consciente de que podía haber perdido la movilidad. También podría ser sólo un susto, algo de lo que reírse en los años venideros. O podía estar desangrándose. No lo sabía.

María llegó justo entonces al Mr. Dean, a tiempo para descubrir, por boca de un bombero, que afortunadamente era pronto y estaba casi vacío. No había habido supervivientes. Desconsolada, María preguntó por la cena de empresa, pero el bombero insistió en que apenas sí había clientes. Extrañada, María llamó a su marido al móvil.

Alberto oyó una sirena a lo lejos. Imaginó que su mujer había llamado a una ambulancia al verlo tendido en el suelo, pero no la veía por allí.

María desistió. Alberto no atendía su llamada.

Alberto dejó de oír la sirena. Nunca llegó a saber si iba a morir o no.

11 comentarios:

lunari dijo...

Muy bueno! Este relato no lo conocía, suerte que lo pudiste recuperar.

Pobre Alberto, su última noche pasó como pasaron sus días, sin darse cuenta.

Soboro dijo...

Qué mal, X! Lo siento por tus relatos, pero piensa que también a otros les pasaron cosas parecidas. Bécquer perdió su manuscrito de las rimas en la revolución de 1868 y las volvió a reescribir. ¿Por qué no lo intentas con alguno? Quizás, con más experiencia como escritor, te salgan mejor elaborados.

Luna dijo...

Muy buen texto, X!
Que rabia da cuando pierdes todas tus cosas, verdad? ese momento en el que piensas... LA MALDITA CÓPIA DE SEGURIDAD!!! pero que en realidad nadie hacemos nunca...

Sandra dijo...

Vaya si q es mala suerte q los perdieras casi todos. Espero q al menos en tu memoria, queden algunos de ellos.

Respecto a este, lo siento pero no me gustan estas historias. Por mi, ojalá el tio se hubiera muerto, y más q él, ella.. no su mujer, si no la amante...

Muakk y feliz puente.

ardid dijo...

Vaya faena con lo de tu disco duro.
Eso me hace recordar que yo tampoco la tengo de muchas cosas...ainss...tengo que hacerme con una.
Pero me alegro que al menos encontraras algunos de ellos.
En cuanto a este relato, me gusta la secuencia final de los cuatro párrafos últimos, intercalándose los dos presonajes con ese ritmo, rápido.Mantiene la atención...si!

Bsss

Alas al viento dijo...

Jo! Le falta el final!

Bss

Zurda dijo...

Me alegro por María. Nunca entenderé las infidelidades. Si no quieres a una persona, es tan fácil como dejarla.

Por otro lado, me ha encantado el relato. No le cambies nada, así está bien.

Eámanë Lúinwë dijo...

Me ha encantado el relato, Mr. X.
Me ha recordado en cierto modo a "La flaqueza del bolchevique" (la película), pero al revés o algo así... también pienso que quizás debería retomar mi lectura de Lolita...

La verdad es que a mí en este tipo de historias, al final me acaba dando más pena el personaje tipo Alberto... siempre me recuerda la típica situación/moraleja de lo malo de hacer esperar algunas cosas, que a veces esperan demasiado... o algo así... En realidad no sé qué sensación me produce exactamente eso... Creo que a partir de ahora, en mis comentarios, siempre eliminaré las últimas líneas de todo lo que haya escrito xD

Kane dijo...

Vaya, ya lo había leído, y me gustó ya en su momento. (:

ardid dijo...

He borrado la entrada de hoy y con eso tu comentario. No es nada personal.
Es que llevo un día raro y no estoy muy segura de cosas que he dicho :S

Y ya aprovecho para decirte que gracias por estar y leerme siempre!

Un besico y buen puente

didac dijo...

las cosas no se pierden solamente desaparecen durante un tiempo !Q!
me gusto