Estaba hasta los cojones de la Navidad. De cara a la galería yo era un tipo normal, no excesivamente afable pero correcto, exitoso emprendedor pero sencillo, algo introvertido, quizá, buena gente, un tío discreto, serio, normal. No era el alma de la fiesta, no era el más querido ni el que más quería. Simplemente estaba, me relacionaba, repartía besos y regalos y los recibía con el mismo estoicismo. Era todo una farsa, claro, no tenía amigos de verdad y mi familia me quería pero no me echaría de menos si no estuviera. Y ese año decidí que ya había tenido bastante y me largué. Ventajas de ser tu propio jefe.
Siempre había querido conocer Tailandia. Confieso que me atraían las chicas jovencitas. Uno oye cosas pero nunca sabe hasta qué punto serán ciertas. Para averiguarlo, me planté allí a principios de diciembre, dispuesto a pasar un mes por todo lo alto, alejado del mundo occidental, las obligaciones (laborales y familiares), la Navidad, la nieve y el frío. Me alojé en un hotel austero pero efectivo en primera línea de playa. Un recepcionista adivinó mis intereses turísticos (los mismos que los de todos los varones de entre dieciocho y noventa y nueve años que visitan Tailandia) y ya la primera noche supe dónde acudir. Había un par de avenidas con mucha vida nocturna. Mercadillo, atracciones, comida y sexo, sobre todo sexo. Había chicas muy jóvenes, es cierto. Travestis, transexuales, chicos, de todo. Me fijé en una chica que decía tener dieciocho. Eso decían todas. Algunas aparentaban tener quince y tenían veinticinco, o exactamente lo contrario. Uno nunca sabe.
No me acosté con ninguna, no me atreví. Me gustó el ambiente, es cierto, pero me faltaron agallas o me sobraron prejuicios, no sé. Pasé un par de días concentrado en el pleno descanso playero. Había una cabaña, cerca del hotel, donde una vidente de tres al cuarto adivinaba el futuro. Tenía una hija que me cautivó. No sé cuántos años tenía, uno nunca sabe. Me ofrecí a acompañarla a dar una vuelta. Compré ropa para ella. Comimos juntos. Nos divertimos, y acabamos en la cama. Pasamos varios días juntos. ¿Es posible que se enamorara de mí? Tal vez, creo que nadie nunca le había prestado mucha atención. A mí me gustaba mucho, no quise saber nada más. Un checo, un amigo que hice en el avión, me instó varias veces a volver a salir de caza nocturna. Me dijo que estaba perdiendo el tiempo con esa chica, que en la ciudad eran más fogosas y más dóciles al mismo tiempo, que estaban diseñadas para complacer. Me daba igual, yo quería quedarme con ella.
Pero algo fallaba. Era una chica triste. No importaba lo bien que lo pasáramos, las joyas que le regalara, los orgasmos que compartiéramos. Tenía la mirada triste, la sonrisa breve, el corazón frío bajo un cuerpo caliente. Sé que el día de Nochebuena me rechazó. Sin mirarme a los ojos, me dijo que me fuera, que regresara a mi país y la olvidara. Mi familia estaría cenando pavo mientras yo me emborrachaba. Ese día sí fui a la ciudad, y me alegro de no recordar en qué cama acabé. Justo ese día, mi amigo checo fue a la playa. A traición, el hijo de perra alquiló a la vidente el cuerpo de su hija. La hizo suya, o al menos su cuerpo, porque mi muchacha no tenía dueño. Fue el día de Navidad más triste de mi vida. Quise morir, y quise matar. Fui a buscarlos a la noche, cuchillo en mano, y hundí el metal en el abdomen del malnacido ladrón. Le quité la vida como él quiso quitarme la mía.
Ella se abalanzó a mis brazos, llorando. En el mar, nos sumergimos en el cuerpo del otro. Lavamos la sangre, mis pecados y nuestro dolor. Ella seguía llorando. De pena, de alegría, era un enigma. Jamás llegué a comprenderla del todo.
Vimos amanecer en la playa. Ella, como siempre, seguía triste, pero era una tristeza diferente, resignada. Me dijo que tenía que haberme marchado. Quise que se viniera conmigo, contestó que se nos había acabado el tiempo. No comprendí, señaló hacia arriba, donde unas aves surcaban el cielo como si las persiguiese el demonio. Frente a nosotros, el océano comenzó a retroceder. Me abrazó. Algo se veía a lo lejos. Un inmenso muro azul de cresta blanca avanzaba implacable hacia la costa.
Se nos llevó. A nosotros, a la vidente, al cadáver del checo, a los miles de turistas con veneno en el cerebro, a las esclavas del placer, a todo el castillo de naipes cimentado en la perversión. Nos limpió, a justos y a pecadores, a puros e impuros, nos igualó, nos hizo anónimos, nos hizo estadística, nos hizo historia.
Se nos llevó.
26/12/10
Cleansing
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Hijos de Pandora
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16/12/10
No way
Se encontraban todos los miércoles, a eso de las dos de la tarde, en la calle General Urrutia. Él iba a comer a casa de su madre, ella regresaba a casa del trabajo. Se besaban con prisa y continuaban sus caminos. El primer miércoles tras el divorcio, él cambió su ruta para no tener que encontrársela. Se cruzaron, a las dos y dos, en una paralela.
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Micros
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09/12/10
Like a virgin [R]
Ni siquiera tendría quince años y ahí estaba, tumbada y con los pantalones bajados hasta las rodillas, ofreciéndome su tierno culito. No estaba nervioso, no era la primera vez que lo hacía, aunque ella parecía no poder decir lo mismo. Se la veía avergonzada y temerosa.
- ¿Es tu primera vez? -pregunté.
- ¿Se nota mucho? -dijo ella.
- No te preocupes, cielo. Relájate y no te dolerá nada -contesté.
- No me lo creo -refunfuñó-, a mis amigas les dijiste lo mismo y luego... ¡¡aaaaayyyyy!!
- ¡Zas, hasta el fondo! -dije burlón-. ¿Ves como no ha sido para tanto? Anda, toma, una piruleta. Di a la siguiente que pase.
- De acuerdo, adiós doctor.
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[R]eediciones
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