30/6/09

Línea 1

Ese día no sería como todos los demás, había decidido cambiar. En la mesilla del salón había un cenicero escondido bajo un millón de colillas, ceniza por todas partes, varios mecheros, papel de plata, una cuchara, el mando de la televisión, una caja de pizza, etc. Se levantó del sofá haciendo uso de toda su fuerza de voluntad y se dirigió a la cocina. Por el camino divisó todo tipo de recipientes de cerveza: latas estrujadas, botellines semivacíos, litronas caídas por el suelo que tenía que esquivar para no partirse la crisma en un mal paso... aquello daba miedo verlo.

Abrió la nevera, no quedaba ninguna cerveza, de hecho no había absolutamente nada salvo unas hojas de lechuga que habían perdido todo rastro de verdor y una botella de plástico con leche cortada, de esas que salen en las películas, las huelen, ponen cara de asco y las tiran. "Toda esta mierda se acabó", se dijo. El de ayer habría sido su último día como toxicómano, iba a dar un giro a su vida. Volvería a escuchar la música que le gustaba, haría la colada, asearía la casa y llamaría a sus antiguos amigos y, quizá, si tenía fuerzas, también a aquella chica que antes tanto le quería. Decidió que ya no le gustaban las drogas, que se había acabado, iba a empezar una nueva vida, esta vez iba a dejarlo de verdad.

Se puso una camiseta, el bote de desodorante estaba vacío. Cogió algo de dinero y salió de casa, subió a la plaza a comprar algo de comida. Media hora después entró en casa de nuevo, con seis cervezas frías que dejó como pudo sobre la mesa. Se sentó en el sofá, encendió la televisión y comenzó a enroscar una goma elástica en torno a su brazo izquierdo. Después de todo, esto no está mal.

Ese día había decidido cambiar.

29/6/09

Se puede ahorrar el mail [R]

Lola, como el resto de personas de este mundo, no sentía ninguna simpatía hacia el fenómeno llamado spam. Abrir el correo y ver que, de cinco mensajes nuevos, dos eran publicidad surgida de algún contrato infernal que había aceptado para poder registrarse en tal o cual página y tres, estúpidas cadenas del menos avispado de sus contactos, era ciertamente entristecedor. Contra las multinacionales nada podía hacer, pero a sus amigos les insistía para que no le mandaran las temibles cadenas y los adjuntos powerpoint. En vano.

Porque el que reenvía nunca dejará de hacerlo, y menos si se le amenaza con siete años de desamor. Hay a quien le sale la vena comprometida y te manda ese powerpoint con desagradables imágenes sobre la hambruna en algún irrelevante país africano, los tests que todos hemos hecho mil veces, las ocurrencias, los chistes, todo siempre es repetido, y cuando no lo es acabará siéndolo.

Pero hoy le ha llegado a Lola un powerpoint muy gracioso, probablemente realizado por algún rojillo español, que cuestionaba la imagen que los medios ofrecen sobre el nuevo eje del mal en América latina: Castro, Morales, Chávez. Para ello, denuncia otras muchas irregularidades y atrocidades cometidas en otros tantos países del continente, no necesariamente afines al capitalismo occidental que los States representan, como Guatemala, Honduras, El Salvador, Perú, México o incluso Colombia. De algún modo, el autor de ese simpático documento advierte una palpable conspiración de los mass media para señalar solo a unos pocos y no a todos.

Obviamente no era la primera vez que Lola leía algo parecido, casi siempre con idéntico resultado, esto es, la indiferencia. No es que fuera una desalmada, es que, como ya se vio en algún capítulo anterior, si no nos toca de cerca raramente nos importa de verdad. Hasta aquí la parte meramente informativa, pero como nadie hace nada por nada, llega la propaganda: "No dejes que piensen por ti" rezaba, junto a los logos de servicios de información de todos los colores, tanto El País como El Mundo, tanto La Ser como La Cope. Porque el que lo había hecho, decidió Lola, quería dar una imagen imparcial, y hoy en día, por lo visto, uno parece más sabio y objetivo, infame falsedad, cuanto mayor su abanico de críticas.

Ya metidos en faena, el muchacho que perpetró esta obra salpica a El Corte Inglés y Zara, di que sí, feroz capitalismo que en mala hora nos vino a conquistar, y no se despide sin recordar que hemos de buscar la información por nuestra cuenta, sin dejar que los grandes intereses económicos filtren la verdad. A estas alturas Lola ya dibujaba una sonrisa en su rostro, aliviada por no tener que sentir pesadumbre ante su falta de empatía. "Lucha, reflexiona, piensa, investiga, participa, involúcrate, sé activo, critica, actúa, insiste, ten criterio, opina, muévete, averigua, defiéndete, resiste". Todo ello en la misma diapositiva y con colorines, y además cada palabra tardaba una eternidad en salir.

Y quedaba lo mejor, la última plana, con un enorme "Y sobre todo PÁSALO" que acabó de rematar a nuestra protagonista. Ante tal ejercicio de brillante coherencia, a Lola no le quedó otra que seguir el consejo propuesto: pensó y actuó, más o menos durante un segundo, deslizó el cursor del ratón por el botón de reenviar, pasó de largo y lo mandó al olvido.

25/6/09

Talión

En el distrito portuario de alguna ciudad costera, allí donde el olor a pescado parece manar directamente de los adoquines, donde los borrachos beben de noche y duermen de día, donde deshacerse de un cadáver es tan fácil como arrojarlo al agua tras la puesta de sol, allí se ha cometido un crimen. En una calleja que desemboca directamente en el mar, un hombre de estatura mediana y vestido de oscuro asestaba un par de puñaladas a otro que yacía en el suelo, ahora moribundo, tiñendo el agua de rojo.

El homicida corrió en dirección opuesta, sabedor de haber cometido el crimen perfecto, como la mayoría de los que se perpetraban en esa caótica ciudad. Y debió haberlo sido, pero alguien lo vio todo. Vio las puñaladas, la muerte y la huida, vio al asesino, pero no pudo distinguirlo con nitidez entre la oscuridad, la niebla, el miedo y la rapidez con que todo se produjo. Y sobre todo no le detuvo, podía haberle increpado, haberse interpuesto entre él y la seguridad de las callejuelas, tal vez forzar otro fatal desenlace, pero la verdad es que le faltó valor, estaba oculto y no quiso descubrirse, no se atrevió, y se arrepentía.

Los días siguientes no dejaba de darle vueltas al asunto, pensando en el bastardo criminal que había salido indemne, en su propia cobardía, en el pobre hombre apuñalado, en la vida que tendría, en los hijos que dejó. Desesperado, atormentado y remordido, tomó la determinación de merodear por la zona hasta encontrar de nuevo al vil rufián, y ajustar cuentas por él y por aquellos que se habría llevado por delante.

No tardó mucho en encontrarlo, saliendo por la puerta trasera de alguna taberna. Supo que era él, a pesar de no recordar su rostro, logró distinguir su alma ennegrecida. Le emboscó tras una esquina, cuchillo en mano, y descargó la primera estocada. Se sintió muy bien, y hendió la carne una segunda vez, y una tercera. Escapó a la carrera, dejando tras de sí al antiguo malhechor.

Pero alguien lo vio todo.

22/6/09

Play [R]

Sonia solía jugar por internet todas las noches. No ese "jugar", no era ludópata, no apostaba dinero ni jugaba a juegos de azar. Se metía en una página de juegos online con sala de chat, y se pasaba largas horas jugando al minigolf contra otros. Le gustaba porque, aunque el día hubiera sido una mierda, el tiempo que duraba una partida conseguía abstraerse, olvidarse de todo, estar concentrada únicamente en hacerlo lo mejor posible. Al principio perdía a menudo, y se enfadaba. Con el tiempo fue mejorando, tenía talento y le echaba tiempo, dos cosas necesarias y suficientes para triunfar en estas lides.

A pesar de que tenía que madrugar para ir al instituto, se acostaba bastante tarde pues, según ella, a esas horas se encontraba a los mejores jugadores. Tal vez era más difícil ganar, sí, pero también era más estimulante hacerlo. Y seguía mejorando. No se relacionaba mucho con los demás, no era muy dada a hablar. Con el tiempo, la gente se va reconociendo y conociendo. Es fácil ver que un nick se repite día tras día y, de algún modo, a unas horas en las que la sala está más bien vacía, se forman pequeñas familias a las que Sonia era completamente ajena. Estaba allí para jugar.

Era lo suficientemente competitiva como para que no le agradara perder, pero no tanto como para evitarlo a toda costa. Era una tía legal, no entorpecía al contrario si no lo hacía él primero, y esperaba el mismo trato. De no ser así, podía largarse a mitad de partida o incluso intercambiar algún insulto. No le gustaba irse a dormir con el sabor amargo de una última derrota, así que cuando le entraba sueño jugaba hasta que ganaba, que a menudo era a la primera.

No le gustaba perder, es cierto, pero no le importaba hacerlo. Era una buena jugadora, y los buenos saben que cuando se juega se puede perder. Llegó un momento en que se convirtió en una de las mejores. Jugar y ganar eran dos términos similares y, como si fuera una espartana, solo esperaba que entre todas las personas que la retaban hubiera una sola capaz de doblegarla. Y esto precisamente era lo mejor del juego, una partida equilibrada, que no se decide hasta el último hoyo, una partida donde cada movimiento en falso podía suponer la derrota. Y si perdía le daba rabia, es verdad, pero cuando ganaba...

Hay cosas que no pueden explicarse con palabras. Es esa sensación, ese ligero temblor de manos, el hormigueo en la punta de los dedos, la tensión del todo o nada, la adrenalina de dar un gran golpe y esperar un error del rival. Por eso seguía jugando y perdía horas de sueño, porque toda una noche valía la pena si, al menos una vez, alguien era capaz de hacer que se sintiera así. Ganar sólo tiene sentido cuando asoma la duda de no hacerlo.

19/6/09

Ghost Ship [R]

La mañana del 12 de julio de 2007 reapareció en aguas internacionales, a solo unas millas de distancia de su última posición conocida, el María Narcissa, carguero portugués bajo bandera filipina con el que se había perdido contacto dos semanas atrás. Encontraron al barco, pero no así su tripulación. El equipo de rescate, improvisado por dos médicos y otros oficiales del buque japonés que constató el hallazgo, fue reconociendo compartimento por compartimento del María Narcissa en el más inquietante de los silencios, sin hallar rastro alguno de vida -o de muerte- a bordo.

En las dos semanas que estuvo desaparecido, se especuló con frecuencia sobre el destino y el paradero del María Narcissa. Había quienes afirmaban que habían sido engullidos por una tormenta perfecta, y los más audaces defendían que cayeron víctimas de piratas modernos, por aquello de buscar la explicación razonable, aunque hay tanta leyenda tras los barcos desaparecidos que el sentir generalizado iba más por otros derroteros. De haber ocurrido algunos siglos atrás, la nave simplemente se habría perdido para siempre, tal vez bajo las fauces de algún monstruo submarino. Si hubiese sucedido en el Triángulo de las Bermudas, el barco bien podría estar perdido en algún universo paralelo.

Pero no era así. El María Narcissa desapareció la madrugada del 28 de junio, 90 km al suroeste del canal de Panamá. No saltó ninguna alarma, no pidió auxilio. No navegaba el famoso triángulo, ni pudo perderse en aguas aún ignotas. Y apareció, dos semanas después, sin aparentar ataques, animales o corsarios, ni un desgaste propio del transcurrir de los años de un viaje por el tiempo. Paradójicamente, este nuevo conocimiento no tranquilizó a las masas. De algún modo, el ser humano parece preferir explicaciones sobrenaturales a la ausencia de cualquier tipo de explicación.

Cuando el gobierno de Perú supo del tipo de carga que portaba el carguero -armamento militar-, empezó a atar cabos. El menguante movimiento de liberación llevaba unos días sin manifestarse y su líder no había reivindicado la autoría de ningún nuevo atentado. Obviamente esta información jamás trascendió a la prensa, de ahí que el caso del carguero portugués haya servido para seguir alimentando la leyenda. En caso contrario, la verdadera explicación de la desaparición de toda la tripulación del María Narcissa habría estado al alcance de ser sospechada por el gran público.

Claro que no habrían preferido creer que la Agencia de Seguridad Nacional había dejado a un solo hombre de elite en alta mar para abordar el barco y, uno por uno, eliminar y tirar por la borda a los guerrilleros peruanos, recuperar información clasificada y desaparecer, esta vez de verdad, como una sombra en la noche del Pacífico, antes que cualquier otra historia menos heroica y más trágica, más acorde con su manera de ver la vida. Porque a veces es más fácil creer lo increíble que lo real.

17/6/09

Cuarta dimensión [R]

Heathcliff vivió gran parte de su vida sumido en una especie de agobio, un casi estrés, un no tengo tiempo para hacer nada. Y la culpa, como siempre, es de los padres: a fin de cuentas Heathcliff no era el paradigma de hombre ocupado. Sí es cierto que siempre combinaba sus clases con algo más. Al principio, sus padres le apuntaron a fútbol, pero era realmente malo con el balón en los pies. Luego llegaron el tenis, el inglés, las clases particulares, el carnet de conducir y el trabajo de media jornada. Siempre tenía algo que hacer. Era de esos que no cesan de pedir que los días tengan veinticinco horas, o incluso veintiséis, si es que tal cosa fuera posible.

Por ello es que se convirtió en un experto del tiempo, una eminencia en la optimización del recurso más preciado, el as de los horarios. Iba de aquí para allá exprimiendo su agenda, sacando siempre sus momentos de solaz. Gustaba, pues, de aprovechar esos ratos. Si podía estar media hora en casa quería invertirla en algo y entera. Sobre todo entera. Con sus padres esto era medianamente imposible porque, como si se tratara de divinidades cósmicas, manejaban el tiempo a su antojo, y mucho antes de que él creyera conveniente ir desconectando de su ocio para poner en marcha su siguiente obligación, sus padres le recordaban que ya se tendría que estar yendo. Si el padre de Heathcliff había quedado en llevarlo a la academia a y media, bajaba "a preparar el coche" a menos cinco diciendo que eran y diez y pidiéndole que bajara a y cuarto. A pie, no tardaría más de doce minutos en llegar a su destino. En coche, cinco. Pero pareciera como si su padre hubiera nacido con un cohete en el culo.

¿Que tenía que ir a la Facultad a estudiar por la mañana? Su padre bajaba a por el coche a las siete en punto. Él no entraba hasta las ocho y la Facultad no abría antes tampoco, pero daba igual. Golpeaba la puerta del cuarto de baño, lo veía afeitándose, con la cara llena de espuma, y le decía "me bajo a por el coche, ahora en cinco o diez minutos bajas tú". Y su madre lo mismo: "Heatcliff, que llegas tarde, que son y veinte" (son y catorce en realidad). Y allí estaba Heathcliff, muerto de sueño y frío, esperando media hora larga a que abrieran las puertas porque, al lado de la de sus padres, la famosa puntualidad británica era un ejercicio de mala educación.

Lo cierto es que los relojes que había en casa más cerca de los dominios paternos estaban convenientemente adelantados. Así no se retrasaban nunca, pero entre eso, el miedo al tráfico, y el afán por llegar antes que nadie, se hacían con lapsus que podían sumar horas a lo largo del día. Horas desaprovechadas. Pero la situación cambió un día. Su padre seguía marchando tempranísimo, pero ya no llegaba tan pronto. Salía a y media, creyendo que eran y veinte, y no llegaba al trabajo antes de menos cuarto.

Heathcliff empezó a llegar a sus destinos cumplidos los cinco minutos de cortesía. Comprendió que el mejor remedio contra sus males no estribaba precisamente en prolongar el día una hora o ir con prisa a todas partes. Sólo tenía que retrasar los relojes un par de minutos.

15/6/09

The duel [R]

Llegaba tarde, y más tarde llegaría si, además, me demoraba demasiado en coger el bus. Doblé una esquina y allí estaba, amenazante más allá de la rotonda. La parada, el autobús y yo formábamos un triángulo escaleno. En honor a la verdad, yo estaba más cerca de la marquesina, pero carecía de unos cuantos pares de ruedas y caballos de vapor. Un semáforo contenía al rojo diablo que, divertido, me observaba a lo lejos invitándome a la machada. Como a una verde señal, ambos nos abalanzamos sobre la estática presa.

En mi trayecto, me llevé por delante a una vieja, esquivé a duras penas a una embarazada con carrito y salvé la vida de milagro ante las furibundas flechas de metal que atacaban mi flanco izquierdo. Ya el autobús había tomado la rotonda, un breve arco y saldría de ella para ganarme por la mano. Pero con la inercia del campeón y la determinación de un suicida, nada podía pararme. El triunfo de mi vida. Arribé a destino cuando el autobús estaba por salir por la tangente.

No lo hizo. Siguió por la rotonda y se alejó dirección sur. Después de todo, era una línea diferente.

11/6/09

The Howling Mine II

Esta era la primera parte: The Howling Mine I.

¿¡Qué ha sido eso!? -preguntó un atemorizado Muffin.

No lo sé -contestó Pumpkin-, pero merece la pena averiguarlo.

Varios de los enanos no se atrevieron a poner un solo pie en la mina. De hecho, dos de ellos huyeron despavoridos al escuchar las palabras vomitadas por la boca infernal que servía de entrada al yacimiento. Finalmente solo los más valientes (o los más codiciosos, que para un enano viene a ser lo mismo) osaron adentrarse en las entrañas de la tierra.

Si alguno de ellos pensaba que la voz surgida de la mina había sido transportada únicamente por el viento, desestimó la idea al tercer día de silencioso viaje. Sea lo que fuere aquello, no había ningún signo de vida ni vestigios de que lo hubiera habido en las últimas décadas: la mina aullante era una mina muerta. Por supuesto, los enanos habrían cogido el oro y salido de inmediato si hubiesen encontrado algo, pero no era el caso. Solo por ello seguían profundizando en la inquietante mina, valorando la posibilidad de que cuanto más oculta estuviera la recompensa, más cuantiosa sería.

Más de uno, dicho sea de paso, habría preferido una expedición ligeramente más agitada, pues cada nuevo minuto transcurrido en el silencio, después de varios días así, acababa cayendo como una losa sobre sus espaldas. Muffin, particularmente, el más reacio de la comitiva, mascullaba sin cesar protestas y maldiciones, aunque nunca propuso dar media vuelta. Antes de acabar el tercer día ya miraban inquietos en todas direcciones, intentando en vano divisar formas móviles en la oscuridad, temiendo tener que atravesar amplios salones y cavernas.

Habían perdido la noción del tiempo (no la del espacio, un enano nunca se desorienta) cuando se desencadenó la matanza. No hubo aviso previo, ni reflejos ígneos en los túneles superados ni redobles de tambores en la distancia. No hubo un fiero ejército de trasgos ni sonido de metal entrechocando. Hubo los pasos atropellados de los enanos, hubo desconcierto, gritos y sangre. La oscuridad se cernió sobre ellos hasta que, ahora sí, el hálito inflamado que calcinó al antepenúltimo enano vivo reveló la naturaleza escamosa de la bestia.

Pumpkin abandonó toda esperanza cuando los ojos de la criatura se posaron sobre él. Muffin intentó una huida desesperada al tiempo que dedicaba unas últimas palabras al instigador del viaje:

¡Maldito seas! ¡Nos has traído a la muerte! ¡Tenemos que...!

Jamás acabó la frase, pero sus palabras escaparon a la oscuridad en busca del mundo exterior y pasado.

8/6/09

The Howling Mine I

Si algo es representativo del pueblo enano es su habilidad para excavar la roca en busca de metales preciosos y gemas. Movidos a partes iguales por la codicia y una ancestral tradición racial, los enanos trepanan las montañas hasta hallar las vetas refulgentes que más tarde se convertirán en hachas, armaduras, copas, lámparas y cualquier otro posible objeto que tenga como prioridad hacer alarde del poderío enano frente a otros clanes u otras razas menos preocupadas por estas cuestiones.

Los enanos no son curiosos, son prácticos. Si siguen vaciando el interior de una montaña no es por ver qué hay más allá, sino con la esperanza de encontrar beneficio. A veces, sin embargo, en su afán perforador excavan demasiado profundo, que diría aquel, despertando antiguos males que bien harían en permanecer ocultos para siempre. Por esto es que a lo largo de los reinos no solo hay incontables salones enanos en lo profundo de las montañas, sino también algún borrón en forma de mina abandonada por oscuras y tabúes razones.

Una de ellas era la Mina Aullante. Con esto llegamos al principio de esta historia, o al final, según se mire. Pumpkin y Muffin eran dos jóvenes e inquietos enanos, ambos adjetivos en la cantidad suficiente como para estar dispuestos a correr riesgos innecesarios. El primero trataba de convencer al segundo para entrar en el mencionado yacimiento que, como cualquier otro abandonado a toda prisa (o, sencillamente, abandonado), promete riquezas y gloria.

- Cuenta la leyenda -decía Pumpkin- que la mina aúlla las últimas palabras de aquellos que murieron dentro.

Pumpkin sabía que el abuelo de Muffin se había aventurado en la mina décadas atrás para nunca volver. Esperaba darle lo justo para despertar en él la curiosidad que inclinase la balanza, y acabó por conseguirlo. Una vez lo hubo convencido, ambos enanos partieron hacia la montaña que daba cobijo a esta mina aparentemente maldita.

Una semana más tarde, ambos enanos y una escolta formada por otros diez llegaron a la entrada de la mina. El tiempo, las lluvias y el viento le habían conferido un aspecto maléfico. Decidieron descansar hasta agotar las horas de luz antes de adentrarse en la montaña, pues no sabían cuándo volverían a ver el sol. Durante la cena creyeron escuchar débiles susurros provenientes de la mina. Alguno quiso echarse atrás, los más valientes decían que no era más que el viento filtrado por las miles de hendiduras en la roca. Sea como fuere, el sonido aumentó de volumen y nitidez, finalmente tomando forma en una diáfana voz que gritaba:

¡Maldito seas! ¡Nos has traído a la muerte! ¡Tenemos que...!

Aquí, el desenlace: The Howling Mine II.

3/6/09

Sabueso


Esta imagen es, como bien imagináis, una captura de Google Earth. Lo que veis es un tramo del antiguo cauce del río Túria (convertido en un gran jardín a partir de los años 80), concretamente la parte más oriental, donde comienza el primer edificio -Palau de les Arts- de la cacareada Ciutat de les Arts i les Ciències. Cerca de la orilla sur del cauce vivo yo, e inmediatamente después de la orilla norte (en la rotonda que se adivina en la esquina superior derecha del mapa) viven los niños a los que doy clase.

Como siempre he sido partidario de escoger el camino más corto (no nos pongamos metafóricos) para llegar de A a B, mi ruta pasa por atravesar el cauce buscando siempre la línea más recta posible entre origen y destino. Una trayectoria más estándar, por así decir, contemplaría cruzar el río por alguno de los dos puentes cercanos o, en caso de bajar al cauce, utilizar los caminos de cemento y subir de nuevo lo antes posible. Esa sería la línea roja. La morada es el recorrido que hago tres tardes a la semana.

Si lo anterior es relevante es porque, cerca del comienzo, donde está la estrella naranja, encontré un bolso que no habría encontrado (y, de hecho, nadie encontró) de haber ido por el camino normal. Esa primera zona verde, por cierto vallada hasta hace bien poco, consiste en unos veinte metros de árboles bajos y arbustos, por supuesto sin embaldosar, supongo que el sitio perfecto para pararse a registrar un bolso robado, y también el camino más rápido para llegar a mi destino. Confieso que en ese pequeño tramo ya he visto casi de todo: bolsas de todo tipo, botellas de cerveza, envases de comida, un tanga, y el jueves pasado, por fin, un bolso.

Y me quedé unos segundos dudando si pasar de largo o registrarlo, seguro en cualquier caso de que no iba a hallar cartera alguna. Al final decidí detenerme e inspeccionar, y acabé llevándome el bolso a casa de los nanos y luego de vuelta a la mía, donde lo vacié con la determinación de encontrar la información necesaria que me permitiera devolvérselo a su dueña. Entre sus pertenencias había:

- un libro de bolsillo,
- un paquete de tabaco vacío,
- un paquete de tabaco de liar, entero,
- papel de fumar,
- una guía de ocio para el mes de mayo,
- un par de fotocopias irrelevantes,
- un monedero vacío,
- llaves de casa y del coche,
- un pequeño estuche con lápices, goma y un fluorescente,
- un pequeño neceser con dos barras protectoras de labios, tapones para los oídos, pañuelos y un montón de horquillas para el pelo

Todo lo anterior no me sirvió de nada, pero hubo cosas que sí:
- un blíster de la píldora anticonceptiva, gracias al cual supe que el bolso había sido robado ese mismo jueves,
- un DVD grabado que contenía un reportaje de diez minutos, del que extraje el nombre de sus tres autoras,
- y una libretita de notas con múltiples anotaciones de carácter periodístico y cinematográfico, becas, prácticas, números de teléfono del ayuntamiento, de un posgrado, móviles sin nombre, hasta un número de cuenta, y códigos de libros de la biblioteca de humanidades.

Esto último me llevó a confirmar que, efectivamente, la dueña del bolso y yo debíamos estudiar en la misma facultad. Decidí tirar de ese hilo, me metí en la página de la biblioteca y averigüé qué libros correspondían a esos códigos, y que en ese momento uno de ellos estaba prestado. Luego llamé a la biblioteca y solicité el nombre de la persona que lo había retirado, me lo dieron con un número de teléfono. Llamé y... no conocían a la persona por la que preguntaba.

Volví a llamar a la biblioteca y me dieron el mismo número equivocado. También, esta vez, su correo de la universidad, así que le envié un e-mail exponiéndole la situación. Sabía que había tantas posibilidades de que fuera la dueña del bolso como de que fuera simplemente la chica que se le adelantó a la hora de sacar ese libro, así que abrí otras líneas de investigación. Busqué por internet información de las tres autoras del reportaje, afortunadamente una de ellas tenía un nombre y apellido no demasiado común (en conjunto) y encontré una coincidencia en una página de ofertas de trabajo, donde dejaba su número de móvil.

Seguía esperando respuesta al mail pero, como no llegaba, ayer (lunes) por la tarde llamé al móvil que había obtenido. Al principio la chica debió flipar de lo que le contaba (lo normal si no has perdido un bolso últimamente) pero poco a poco fue haciéndose cargo y, finalmente, me dijo que pensaba que podía ser de una de las otras dos, que la llamaría y le daría mi número de móvil. Y así fue como por la noche me llama un número desconocido y contesto diciendo "tú debes de ser Marta...", y comenzamos una corta conversación en que la pobre muchacha, amén de entusiasmada por la buena nueva, no cabía en sí de agradecimiento.

Hemos quedado esta mañana en la facultad y le he devuelto por fin el bolso, su bolso. Sin cartera, sin dinero, sin documentos, pero con todo lo demás. Puedo adivinar la impotencia que se siente, a pesar de que nunca me ha sucedido (toquemos madera), al perder algo así. Por eso sé también, y hoy lo he comprobado in situ, que, una vez dado por olvidado el dinero y anuladas y reemplazadas las tarjetas, recuperar todo lo demás ha de ser una alegría inmensa. No, ciertamente el resto no tenía gran valor económico, no es que no hubiera podido continuar su vida sin ello. Pero precisamente por eso, precisamente por reencontrarte con esas pequeñas cosas cuando las dabas por perdidas para siempre, es algo mágico, especial. Y eso se lo he visto en su cara, en sus ojos, en las siete veces que me ha dado las gracias sin saber muy bien qué decir. Y sé que a mí me habría llenado igualmente de alegría, dentro del insondable disgusto previo, que alguien hubiera hecho algo así por mí. Supongo que por eso lo hice. El mundo puede ser un buen lugar.