Talentino Vendavale era un hombre muy nervioso, hiperactivo e hipocondríaco. Estaba medio calvo pese a regentar una peluquería, rellenito y, de no ser por el pañuelo que siempre llevaba en la mano, eternamente sudado. Hablar con él era extenuante, entrar en su negocio, claustrofóbico. Uno de esos hombres repleto de preocupaciones que te cuenta sus dolencias si te pilla por la calle, te ase del brazo y te coge de la solapa y no te suelta, y venga a hablar, como si no tuviera familia.
Y la tenía, bien extensa además. Una esposa que un día fue bella, y cuatro hijas maravillosas que no podían trabajar con él porque en los años 50, en Palermo, en las peluquerías de hombres solo trabajaban hombres. Bueno, en realidad hoy en día también. En cualquier caso sus dos hijas mayores, que ya eran da sposare, ayudaban en una frutería de un amigo de su padre, para que se relacionaran con gente a ver si alguno se las llevaba.
No le iban nada mal las cosas a nuestro hombre, no en vano su negocio y sus haciendas estaban bajo la protección de Vittorio Carcamale, un poderoso Don con fuerte influencia política, valga la redundancia. A cambio de ello, Talentino pagaba religiosamente a un hombre que se pasaba por la peluquería todos los meses, además de no cobrarle una lira por el corte. Vittorio era un hombre generoso y premiaba la fidelidad y puntualidad de sus protegidos. Todos los años hacía llegar al peluquero un regalo pomposo por su cumpleaños.
Pero hete aquí que este año el señor Vendavale no recibió regalo alguno por su parte, y esa noche, en su fiesta, sudaba más de lo normal. No lo entendía, qué había podido pasar, él que siempre pagaba, que nunca se metía en problemas, que rara vez había precisado su ayuda de verdad, que le regalaba los mejores bálsamos del mundillo, no podía ser, le había desacreditado públicamente, le había retirado el favor, le había condenado, ahora caería pasto de delincuentes menores, su peluquería señalada con un cartel invisible de aquí es seguro robar. Se acabó, era el fin, por qué a él, qué había hecho mal, y venga con el pañuelo y con el cuello de la camisa, que no, que no lo entiendo.
A la mañana siguiente atracaron en la peluquería, amenazando con volver todas las semanas. Ya había comenzado, nadie se casaría con sus hijas y él perdería el negocio, y entonces qué, sin trabajo y con seis bocas que alimentar, mejor será ponerle fin a esto con una bala, la deshonra es insoportable, mañana mismo lo empezará a preparar todo. Pero preparar lleva su tiempo y la semana siguiente nadie vino a atracarle, y entonces Don Vittorio le mandó llamar y allá iba él, que decía esto es el fin, ni suicidarse a uno le dejan, y qué será de su familia ahora, y todo por haber fallado en ni siquiera sabe qué.
Se abren las puertas y le hacen pasar y allí está el Carcamale, tras el escritorio, mirando a este peluquero de tez moribunda, y le dice alégrate y le da dos besos, que ya hemos liquidado a esos pobres diablos que se llevaron lo que no era suyo. Ahora te pasas por la ebanistería y recoges tu regalo, que se me olvidó tu cumpleaños, caro Talentino, debe ser la edad.
31/7/08
Tanti auguri
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Seducciones paganas
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28/7/08
Сталинград (II)
18 de noviembre de 1942. Aguantado el ataque alemán durante dos meses, el ejército soviético prepara ahora una contraofensiva que decidirá el futuro de Stalingrado. Yo permanezco casi completamente ajena al devenir de la guerra. La devoción que siento por el camarada Stalin es muy inferior a la excitación que me provoca esta caza sin fin. Cuento en mi haber más de cien bajas enemigas, aunque el ritmo ha sufrido una importante variación descendente estas últimas semanas en que exclusivamente me he dedicado a matar francotiradores, en mucho menor número. La facilidad, sin embargo, ha permanecido constante.
Excepción hecha de una incómoda herida en el hombro, cabe señalar que no he encontrado digno rival entre mis adversarios. Digo esto sin presunción, pues no me considero especial por ello: no creo tener mejor puntería que nadie, ni ser más inteligente. Es una cuestión de instinto, de saber elegir siempre el mejor lugar, de ser un poco más paciente que el otro, de tener una pizca de suerte. Sea por lo que sea, siempre los pillaba desprevenidos, ausentes o equivocados, mirando a otra parte, buscando el peligro por la izquierda cuando el proyectil los taladraba por la derecha. Uno, dos, cien.
Es un número ridículo comparado con el total de un solo día. Me han dicho que ya no mueren cuatro mil soldados soviéticos a diario y eso es bueno. Quedará gente para convertir estas ruinas de nuevo en una ciudad, si es que finalmente nos la quedamos. Paradójicamente o no, cuanto más aguante el bando que caiga, quienquiera que sea, peor es para la ciudad. Las fuerzas se han equilibrado ahora, aunque la esperanza de vida de nuestros soldados sigue siendo de un día. Un día.
Y yo llevo tres jugando al gato y al ratón con una persona a la que no conozco. Es un francotirador distinto a todos los demás que he conocido, a todos los demás que he eliminado. Se mueve rápido, no permanece demasiado tiempo en ninguna posición aunque no la revele con un disparo. Nunca está donde le espero, por eso sigue vivo, y afortunadamente yo no estoy donde él cree, tampoco. Me gustaría ponerle una cara, saber cómo es, aunque sé que cuando eso suceda habré ganado. Hasta entonces sigo aguardando mi momento.
Estoy en un edificio que se conserva mejor que la mayoría. Los apartamentos están abiertos y saqueados por los alemanes, aunque en realidad es igual de probable que fueran los rusos quienes los allanaran. Las camas, aunque desechas, están enteras, y se pueden encontrar latas de conserva en las despensas. He puesto granadas de alambre en la entrada, aunque ni siquiera así me siento más segura. Me muevo de piso en piso y de lado a lado para obtener una visión más completa. Las ventanas dan a la plaza de la universidad, que parece una sopa de letras en la que busco incesantemente el más mínimo movimiento. Volodya, penúltimo efectivo de la primera unidad, lleva dos días tendido en la plaza. Es frustrante verlo ahí, casi perfectamente camuflado entre los restos de un Kübelwagen, y no poder hacer nada por recuperar su cuerpo.
Los ataques de la Luftwaffe son mucho menos frecuentes que al principio, pero distingo inequívocamente las explosiones que se acercan poco a poco a mi posición. Aferro con fuerza mi Mosin-Nagant y pego la espalda a la pared, con la esperanza de que este edificio no esté en la trayectoria de las bombas. Supongo que él pensará lo mismo, con la ironía añadida de poder caer bajo fuego amigo. Espero. Cada vez más cerca. Espero. El infierno se desencadena y la universidad es alcanzada de lleno. Espero a que se asiente el polvo. Cuando lo hace, espero. Subo un piso y cambio de ventana. El tiempo parece no pasar. Es un modo de vida. Espero.
Por fin me asomo, siempre detrás de mi rifle, para comprobar el estado del campo de batalla. La universidad ha desaparecido y gracias a ello puedo ver el edificio que había detrás. En ese instante advierto que análogamente desde ese edificio es visible ahora el mío, y una premonición, tal vez profesional, me lleva a pensar que así como yo estoy aquí mi enemigo puede estar allí. Es entonces cuando lo noto, ese mínimo movimiento, imperceptible al ojo humano. Apunto y le veo, ahora le veo, ahora sé cómo es. A diferencia de mis víctimas, yo miro a la muerte cara a cara.
Caigo de espaldas por el impacto y me llevo la mano al cuello. El disparo es limpio. Me ha seccionado una carótida sin tocar la tráquea ni el esófago. Será cuestión de un minuto. No puedo evitar sonreír: por fin he encontrado a alguien a la altura. Una dulce inconsciencia se va apoderando de mí. Mañana cumplía veintiún años.
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Hijos de Pandora
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24/7/08
Elige tu propia aventura
Dice mi perfil que mi imaginación creció influida por libro-juegos. Está ahí desde el principio y nunca antes lo había explicado, por si alguien no sabe muy bien a qué me refiero exactamente. Lo voy a hacer hoy, después de haberme tragado unas horas de nostalgia mirando páginas que hablaban del tema. Todo empezó con el post de Soboro sobre esto mismo, tras leerlo decidí que yo también debía escribir uno. Y aquí está.
Es posible que los más jóvenes no conozcáis los libro-juegos, pero baste decir que se convirtieron en la tabla de salvación narrativa de muchos de nosotros a finales de los ochenta e incluso principios de los noventa. Con ellos me aficioné a la lectura, con ellos estimulé mi imaginación, asumiendo decenas de personalidades diferentes y, sí, creo que desde entonces soy el peor tomador de decisiones del mundo.
Porque de eso va la cosa, de elegir. En estos libros, narrados siempre en segunda persona (ergo el lector se convierte en protagonista), la lectura no es lineal. Hay saltos de página, por un lado, y la posibilidad de elegir entre ir a una página u otra dependiendo de la acción que decidamos realizar. Así, las distintas historias posibles se van abriendo como las ramas de un árbol hasta que todas llegan a un fin. Llegado este punto, creo que todos volvíamos sobre nuestros pasos (o sobre nuestros dedos) a la última bifurcación para tomar la otra y ver qué más nos tenía reservado el destino.
Los finales eran básicamente de tres tipos: malos, regulares y buenos. En los malos lo normal era palmar, y si podías llevarte a algún amigo contigo, mejor. En los regulares acababas vivo, claro, pero no lograbas aquello que te habías marcado como objetivo o ya no podías volver a casa o algo similar. Y en los buenos te tocaba el premio gordo consiguiendo lo que querías y de paso llevándote a alguna churri.
Sin duda la colección más conocida de todos los libro-juegos aquí en España fue Elige tu propia aventura (en adelante ETPA), que llegó a alcanzar la friolera de noventa números. Mis hermanos y yo los coleccionábamos, con la ayuda económica de mi tía (aunque nunca llegaron a costar más de 400 ridículas pesetas), que nos llevaba a El Corte Inglés de cuando en cuando y mirábamos si había salido alguno nuevo. Al principio salían poco a poco, pero creo recordar que un buen día decidieron sacar de golpe todos hasta el 50. A partir de ahí más o menos mi hermano mayor fue perdiendo interés, los libros salían con cuentagotas y llegó un momento en que dejamos de comprar. Aún así, soy el muy orgulloso copropietario de los setenta y cuatro primeros números de la colección.
Podría pasar años hablando de todos estos libros, de títulos emblemáticos, como El misterio de Chimney Rock, que por algún incierto motivo es sin duda el que más veces he visto comentado en este navegar por internet, como si lo hubiera tenido todo el mundo, o ¡Naufragio!, el primero que tuve, o del mítico Prisionero de las hormigas y su secuela, El amo del poder maligno. Hay tantos, y tan radicalmente diferentes, que para un niño o un adolescente es un regalo en todos los sentidos. He hecho una rápida selección de los que podrían ser mis diez favoritos, igual habéis tenido alguno.
Sacaron también la edición ETPA Globo Azul, destinada a los más pequeños. Efectivamente en estos libros, mucho más finos y más anchos, había mucha mayor cantidad de fines buenos que malos o regulares, de hecho en algunos de ellos ni siquiera podías palmar, o todo resultaba haber sido un sueño. De estos tuvimos bastantes menos, casi todos bastante flojos con las dos honrosas excepciones que veis más abajo, historias que podían haber tenido cabida en su colección "hermana mayor".
Los azules que veis a la derecha son de la colección normal pero en catalán (Tria la teva aventura). El primero de ellos, el de más abajo, lo compró mi tía porque era el único que nos faltaba en castellano, y era una manera de tenerlo sin tenerlo. Con el tiempo lo conseguimos, pero un día que fuimos a El Corte Inglés y no había salido ninguno nuevo, decidimos comprar cada uno de nosotros uno en catalán, el que más nos gustara que no fuera de los nuestros (o sea, que fuera de uno de los otros dos hermanos), para poder lucirlo en propiedad. Como veis, al final yo me he apoderado de todo, así que ha acabado dando igual. :D
Luego teníamos los conocidos como "los negros", que eran los de D&D Aventura sin fin, todos enmarcados en el ámbito de la fantasía. Estaban bastante bien, pero la maquetación era muy inferior, aunque la evasión a mundos fantásticos fue piedra de toque de muchos roleros actuales. Se los tenía por más serios, y es que creo que prácticamente solo había un fin bueno. La colección era mucho más corta y tuvimos unos pocos que creo que releeré estos días.
Estos "negros" dieron paso a los "azules" de Advanced D&D Aventura juego, que ya eran con dados, hoja de personaje y demás historias. Mi hermano mayor se compró, o le regalaron, uno de ellos, pero no parece saber dónde lo tiene. En esta línea surgieron conocidas colecciones como Lobo Solitario, quizá la más conocida, aunque todos parecen coincidir en que el mayor grado de excelencia se alcanzó con los -creo- cuatro únicos libros de Aventuras en la Tierra Media, enmarcados en el mundo de Tolkien y conocidos como "los morados". Cómo me arrepiento de no haber comprado, hace apenas cuatro o cinco años (mucho después del auge de todo esto) los otros dos que vi en una tienda, probablemente a bajo precio.
Pero regresando a los libro-juegos normales, aunque de hecho mucha gente solo considera ello a los que incluyen dados y lápiz, había otras colecciones dignas de mención, como La máquina del tiempo, aunque nunca tuvimos ningún ejemplar, o los Planea tu fuga de..., mini colecciones de cuatro libros por planeta, cada uno de los cuales contaba con mapas y un único fin que tardabas una eternidad en encontrar.
Por último, los de Resuelve el misterio, con los repelentes Lince y Amy, historietas detectivescas que tenían pistas y dibujos y las soluciones al final del libro impresas al revés para que tuvieras que valerte de un espejo para poder leerlas. De estos solo tuvimos dos y son un poco tontos comparados con la riqueza de posibilidades de los otros.
Me ha quedado un post de lo más apañado, ¿eh? :P Como siempre, haciendo click en las imágenes las podéis ver más grandes.
En fin, yo tengo veinticinco años y la suerte de llegar a conocer estos libros. De aquí varios sois mayores que yo, así que espero que os suenen y que incluso hayáis tenido algunos. Hoy quedan prohibidos los comentarios cortos, quiero párrafos de nostalgia mwahaha. :D
Estación
X al desnudo
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21/7/08
Entre líneas
Como sé que los lunes siempre son lunes, os voy a contar una historia de no más de ciento cincuenta palabras. Ese era el límite que puso la FNAC en su I Concurso de Microrrelatos, y aunque nunca ha sido uno de mis formatos preferidos, tuve una idea y lo escribí en el momento antes de que se me olvidara, no ya el propio relato, sino la existencia del concurso. Así que lo escribí, lo mandé, y esperé a que llegaran los últimos días de mayo para, una vez sabiendo que no había pasado el corte, poder publicarlo aquí (ya que debían ser inéditos, claro). Pero el 02 de junio me llegó un mail diciendo que debido a la gran respuesta que había obtenido el concurso, hasta finales de junio no darían a conocer a los ganadores. Y volví a esperar.
Cuando dieron por fin la lista con los veinte relatos finalistas entre los que, obviamente, no estaba el mío. Los leí con interés y quedé decepcionado: no solo no encontré más que cuatro o cinco que me gustaran más que el mío, es que había varios que hasta tenían faltas de ortografía. Y, los que no, pues no valían un pimiento. Para mí, claro. Y no es que yo sea un escritor enamorado de mi obra (y menos, de esta), pero hay que ver los gustos del jurado. Lo bueno es que ya soy libre para publicar mi micro, de muchas menos palabras que estos dos habituales párrafos introductorios.
Casi se me olvida, la temática principal del relato había de ser el libro.
Juan lanzó la novela por la ventana, hastiado. Todas le parecían iguales, igual de irrelevantes, igual de prescindibles. Igual de malas. Personas que iban y venían sin ir a ninguna parte, que hablaban sin tener nada que decir, que morían sin haber vivido de verdad. Comenzaba a leerlas pero nunca las acababa. Se preguntaba cómo podían publicar obras de tan cuestionable calidad mientras él, brillante, permanecía en el anonimato. "Siempre ganan los malos", decía, "en los libros ganan los buenos pero en la vida real no". Creía, el muy ingenuo, que escribía mejor que los demás, que era más inteligente, más ácido, más mordaz, que insultaba con más estilo; como si escribir fuera eso. Se levantó del sillón para procurarse un nuevo libro, pero nunca llegó a la librería: cayó sobre él una inevitable losa de papel, y quedó aplastado entre la cuarenta y la cuarenta y uno.
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Micros
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18/7/08
Poca playa

Confiado fui a Gandía
a disfrutar de la playa
tras quedar con una amiga
en vernos a su llegada
Pero despues de dos días
ni he sacado la toalla
ni mi amiga aparecía
ni sol, ni rastro de nada
Si es que soy un pringao.
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El juglar
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14/7/08
La cita
Según parece era marzo de 2005 cuando escribí este relato con el que participaría en el III Certamen de Relatos Cortos de La Cámara de los Secretos. Todavía recuerdo el momento, tenía que ser sábado, en el que me enteré de que se estaba gestando el concurso y decidí que participaría. Para ello había de ser miembro activo de dicho foro, por lo que entré en el mismo simplemente como pretexto para poder concursar, aunque al final acabé quedándome y así hasta el día de hoy.
Si me dicen que hace más de tres años de todo esto, no me lo creo. Pero así es. El relato es muy corto, lo escribí en un momento y no se tarda nada en leerlo.
Mucho tiempo después, Horacio se acordó de Belinda. Quizá decir mucho es decir demasiado, pero para él, ciertamente, lo era. No recordaba la última vez que la había recordado.
Ya se sabe cómo son las relaciones. Los primeros meses siempre son los mejores. Luego llega la rutina, el acomodamiento, en muchos casos, el principio del fin. Paralelamente, cuando terminan, son los primeros meses los más duros, pero el paso del tiempo, por fortuna, se nota, y el dolor siempre acaba por hacerse más llevadero.
Eso debió pasarle a Horacio, que un buen día se dio cuenta de que casi había olvidado a Belinda. Cuando volvió a su mente, lo hizo sin sentimientos negativos. No había ningún reproche, no había tristeza ni lamento. Belinda, recordaba Horacio, era una de estas chicas que contagian la alegría. Incluso él, habitualmente gris y solitario, se había vuelto una persona diferente. Al menos, mientras duró.
Es inevitable, llegados a este punto, preguntarse por qué acabó una relación en la que sonaban campanas de boda, o eso decían. A veces hay motivos claros, infidelidades, incompatibilidad, exceso de tedio. Los hay que dicen “se nos acabó el amor de tanto utilizarlo”, cosa que a Horacio siempre le había hecho mucha gracia, por cuanto lo consideraba casi tan ridículo como falso. En su caso, no hay explicación alguna, simplemente llegó a su fin, y probablemente nadie se habrá preguntado el por qué tantas veces como él.
Sencillamente, un día Belinda se fue. Para ser honestos, su larga relación había atravesado momentos mejores, pero también peores. No estaban en crisis, no habían discutido últimamente. Si alguna cosa no iba bien, no daba la impresión de ser algo que no se pudiera superar. En líneas generales estaban bien, estaban a gusto, tenían planes de futuro, proyectos, pero un día Belinda se fue.
Lo cierto es que, al recordarla, a Horacio se le ocurrió que le apetecía verla de nuevo. Quizá su imagen le había insuflado de algún modo una dosis de optimismo, o bien simplemente le entró prisa por recuperar el tiempo perdido. No habían vuelto a hablar desde aquello, pero Horacio sabía donde podía encontrarla. Después de todo, Belinda siempre había sido una joven de costumbres. Le gustaba desayunar de pie y a intervalos, entre la cama y la ducha, entre la ducha y el vestidor. A veces, entre la cama y la cama.
Horacio había pasado todo este tiempo descuidado, sin rumbo. Adquirió ropa adecuada para la ocasión, se afeitó, se cortó el pelo. Incluso compró flores para Belinda, gladiolos, sus preferidas. Habría optado por algo más romántico, como rosas rojas, pero conociéndola, no valía la pena llevarle la contraria. Hoy iba a ser un día para ella, y el resto del mundo quedaba fuera.
Solían quedar en un café que daba a la plaza de las palomas, al salir del trabajo. Les gustaba el ambiente, en realidad le gustaba a ella. Él se dedicaba, principalmente, a satisfacer sus deseos. Y los suyos propios, que no eran otros que estar con ella. Hoy sería así de nuevo, volvería a estar con ella.
Pero el escenario, esta vez, sería distinto.
1979 – 2004
Arrodillado frente a la lápida, Horacio pasó el resto del día junto a su amada.
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Hijos de Pandora
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10/7/08
Meme #6
Casandra me nominó hace unos días a uno de esos memes que sirven para que los lectores conozcan un poco más a su blogger preferido, en este caso yo. :D En realidad este meme es un poco más abstracto y muchas veces la respuesta puede dar información en clave, pero para que lo entendáis sin que yo me líe hablando, os lo dejo sin más y que salga el sol por Antequera.
Si fuera una palabra: Ya soy una palabra.
Si fuera un número: Me temo que también lo soy. xD
Si fuera una bebida: Baileys.
Si fuera un animal: Un lobo.
Si fuera algo de la casa: El techo.
Si fuera una zona del cuerpo: El cerebro.
Si fuera una obra de arte: Un moái.
Si fuera flor: Simbelmynë.
Si fuera película: My Life Without Me.
Si fuera fruta: Pomelo.
Si fuera un recuerdo: Uno bueno.
Si fuera un color: El negro.
Si fuera un sentimiento: Empatía.
Si fuera un sentido: El sexto, claro. :-)
Si fuera un satélite: Sería artificial.
Si fuera uno de los siete pecados capitales: El que todos estáis pensando. :D
Si fuera un olor: A lluvia.
Si fuera árbol: Un chopo.
Si fuera algo suave: Terciopelo.
Si fuera un personaje de cuento: El escorpión de la fábula de la rana y el escorpión.
Si fuera ciudad: Esta es muy fácil.
Si fuera música: El flamenquito-pop indie que aún no se ha inventado.
Si fuera un cuerpo celeste: Marte.
Si fuera personaje de fantasía: Faramir, de ESDLA.
Si fuera un sueño: De los que no se recuerdan.
Si fuera elemento: Químico.
Si fuera prenda de vestir: ¡Ay! ¡Si fuera por mí, se me ocurren unas cuantas jajajajaja! :D
Si fuera fenómeno atmosférico: Lluvia.
Si fuera estación: Invierno.
Si fuera medio de transporte: Tren.
Y me voy a saltar la tradición y nominar a Alas, Ardid, Nut y Sandra.
Estación
Vitrinas y divanes
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7/7/08
Сталинград (I)
Ruinas. Polvo de ladrillo, hierro y piedra. Todo es rojo y gris. Los constantes bombardeos han reducido esta sagrada ciudad, la ciudad de nuestro líder, a una confusa geografía en la que, irónicamente, nosotros nos desenvolvemos mejor que ellos. Ya no quedan edificios, sino sus esqueletos, sustentados por los escombros de lo que una vez fueron sus entrañas. Los cadáveres que se agolpan en las calles son las únicas muestras de vida y color que nos quedan. Rojos y grises. Una ciudad fantasma por la que se mueven espectros luchando por lo que queda de ella. Y ya no queda nada. No es nada. Y lo es todo.
Llegué a Stalingrado a finales de septiembre, cruzando el Volga mientras media docena de stukas escupían fuego desde el cielo. No todos tuvieron tanta suerte, vi a un camarada traspasado por una ráfaga de torso a cabeza. A un metro de mí. Algunos se arrojaban al agua, solo para recibir las balas de nuestros oficiales al grito de traidor. Afortunadamente, a partir del embarcadero lo tenía más fácil. No me lanzaron ladera arriba con un rifle o cinco balas, mi destino era un edificio resguardado en zona segura. No en vano, formo parte de la primera unidad de francotiradores que Chuikov mandó traer a la ciudad.
Al principio era muy sencillo. Los alemanes aún no estaban preparados para esta nueva arma mortífera, bastante tenían con una guerra callejera que no les beneficiaba en nada. Nuestras bajas diarias podían doblar las suyas, pero nuestro número era inmensamente mayor, y el miedo a la desobediencia nos hacía incansables. Y así, aunque tres mil hermanos caían a diario entre balas alemanas y soviéticas, todos los días el Volga traía refuerzos y la batalla seguía empatada.
Entonces llegamos nosotros, y en pocos días causamos estragos. Mi primera víctima fue un teniente alemán. Nos enseñaron a elegir bien los objetivos, en orden descendiente de rango. No acostumbrábamos hacer más de un disparo en cada sitio, y no solíamos necesitarlo. Llevaba dos horas en el interior de una tubería frente a un puesto avanzado enemigo, cuando el anónimo teniente salió a echar un cigarro. No llegó a encenderlo.
Una semana después ya sumaba más de treinta víctimas, todos ellos oficiales, cada vez más jóvenes, u operadores de radio, correos, etc. Objetivos útiles por los que mereciera la pena descubrir y abandonar la posición. No siempre acertaba a la primera, sobre todo si iban corriendo. A veces les alcanzaba en una pierna, y les remataba en brazos del compañero que había ido a socorrerles. Y a este también. Para después salir corriendo, antes de que advirtieran de dónde había salido la bala.
Éramos los francotiradores los soldados más odiados, y desde luego no hacían prisioneros cuando atrapaban a alguno. Al menos, no después de torturarlo. Las bajas causadas en el frente eran aceptables, pero este goteo incesante de pérdidas estratégicas había minado su moral. Los alemanes estaban nerviosos y su respuesta no se hizo esperar: francotiradores nazis.
Ahora es más divertido, y mucho más peligroso. Ya no actuamos con tanta libertad, y de hecho de los catorce que vinimos solo quedamos seis. Los francotiradores alemanes son buenos, pero son sus armas las que marcan la diferencia. A pesar de ello, seguimos siendo mejores, más mortales, más eficientes. Hoy llevo un mes en Stalingrado, y hace una semana que solo cazo a mis semejantes. Los oficiales pueden respirar tranquilos, porque estamos demasiado ocupados jugando una partida dentro de la gran partida. Pero no es suficiente.
Hace siete horas que no muevo un dedo. Nos movemos en espacios más grandes, vacíos de la interrupción de la infantería. Se oyen, no demasiado lejos, disparos y gritos de agonía. Se oye la guerra, se oye la muerte. No demasiado lejos. Pero aquí y ahora estamos dos, él y yo, y los dos lo sabemos. Únicamente desconocemos la posición exacta del enemigo. El primero que lo descubra verá un nuevo amanecer. Y voy a ser yo.
No es fácil decidir cuánto tiempo es demasiado tiempo, no para nosotros. Podría haber estado dos días cuerpo a tierra, entre un camión calcinado y el cráter en el que me oculto. Invisible, o casi. El otro se ha cansado de esperar, o se ha confiado y ha salido a buscar una mejor posición. No importa. A través de la mira telescópica lo veo. Avanza despacio, arrastrándose, cauto, pero no lo suficiente. Es rubio, de ojos marrones, lleva barba de apenas un día o dos. Está sudando. Se detiene, mira a los lados. Tomo aire, lo suelto. Latido, disparo. Blanco, rojo, muerte.
Una sustancia oscura y espesa mana de lo que hace dos segundos era su cabeza. Siempre me he preguntado si llegan a darse cuenta de algo. Detecto un movimiento a la derecha, un leve temblor. No será nada, pero un buen francotirador no puede permitirse no comprobarlo. No hay nada. Espera, sí. Hay otro, eran dos. Siempre han sido dos, y conmigo tres, y ahora me está apuntando. No hay tiempo para nada, para pensar, para precisar, para respirar. Dispara primero. Oigo la explosión antes de darle al gatillo. Hemos disparado casi a la vez. Casi.
La bala me da en el hombro izquierdo. Mi primera herida de guerra. Es un dolor inexplicable, agudo, abrasador. Grito, chillo. No hay tiempo. He disparado pero, ¿le he dado? Tengo que volver a poner mi ojo tras el cristal. El dolor no importa. Quiero verlo. Si no está, o si se mueve, es el final. Pero está. Le he dado, no sé dónde pero le he dado, y ha soltado el rifle. Es mío.
La euforia mitiga el dolor. Salgo de debajo del camión en dirección a la pila de escombros entre la que se confundía. Dejo el rifle en el suelo, no podré dispararlo en varios días. Un pequeño riachuelo de sangre baja por entre las piedras. Le he dado en el torso. Está vivo, pero no por mucho tiempo. Saco la TT-33, una pistola semiautomática que nunca pensé utilizar. Me ve, y dice algo que no entiendo. Es un insulto, no lo entiendo pero no es una expresión de súplica, sino de odio. O de desprecio. Ahora, de cerca, ha reconocido en mí a una joven de veinte años. Demasiado para su orgullo ario. Extiendo el brazo, apunto.
Recojo sus placas y sus pistolas, pero no puedo llevarme las carabinas. Mi rifle ya pesa demasiado para llevarlo con un brazo herido. Al menos estaré un par de días lejos de todo esto. Hoy han sido dos, llevo ocho en una semana. Estoy orgullosa de mí misma. Son solo números. No puedo permitirme que sean nada más.
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