Sobre diciembre de 2004, que parece que no pero ya ha llovido, se organizó en un foro de terror un concurso de relatos. En otras circunstancias no habría participado, porque no sé escribir terror, no me gusta y no lo entiendo. O no me gusta porque no lo entiendo y por eso tampoco lo sé escribir. Es igual. Lo cierto es que me parece fundamental que una obra de terror asuste. En mayor o menor medida, cuando veo una película de terror estoy en tensión, quizá no asustado pero sí inquieto, alerta. Las pelis de terror oriental, ya flaqueen más o menos en argumento, consiguen este objetivo con gran efectividad.
¿Pero los libros asustan? Yo no me asusto con un libro, no lo he hecho nunca, y no creo que lo haga. Es que no entiendo este género en la literatura. ¿Cómo asustarse sin la música apropiada, una cámara tramposa o un ser huesudo y todo el mal rollo del mundo? Esto, si te lo cuentan, ya no es lo mismo. He leído cosas de Stephen King, contrastado autor, y no me han gustado. Por lo poco que sé, parece que opta por provocar asco más que miedo, es la otra vertiente del terror, la de los crímenes atroces y detallados. También me parece absurdo. No me gusta el terror.
Pero participé en el concurso, porque era asiduo al foro, bastante amigo del administrador y, no sé, supongo que en parte habría sido una decepción no hacerlo. Los relatos tenían que ser de terror y, dadas las fechas, hacer alguna alusión a la Navidad. Participamos cuatro, como en la edición anterior, en agosto, y quedé último igual que entonces.
No sé por qué os cuento todo este rollo, considerando que el relato en sí es más largo de lo que suelo escribir. Esta fue la segunda vez, y probablemente la última, que escribí algo de terror. Debe ser que soy idiota porque, aunque no estoy contento con el resultado (del relato, no del concurso, que tampoco xD) sigo plantándolo en la red para que vuelva a ser leído.
Estaba completamente atascado. Mi editor me había encargado esta vez una novela de terror, y yo, la verdad, en ese género no me sentía nada cómodo, no sabía desenvolverme con facilidad, en realidad tampoco con dificultad, sencillamente no sabía. Así pues fueron pasando los días y las páginas en blanco, mi editor me llamaba todos los lunes y yo le decía que no se preocupara, que estaba en ello y que tranquilo, que lo tendría aunque necesitara alguna que otra semana más.
Mentía. No tenía ni idea de cómo empezar, estaba sorprendido de mi propia ineficacia. Experimenté aquello tan conocido del escritor frente a la máquina de escribir, sin saber a qué tecla darle, pareciéndome todas iguales, exasperado al fin al darme cuenta de que iba a tener que rendirme. Sería el principio del fin, quizá, o con suerte mi editor guardaría el secreto, al menos en sus círculos privados, y aprovecharía para mofarse de mi mancillado nombre entre copa y copa.
Me pregunté entonces si realmente los editores se conocían entre sí como los escritores, si eran huraños o quedaban los fines de semana para intercambiar opiniones, aunque fueran de frías ventas. Me di cuenta de que la mayoría de editores habían sido, o al menos querido ser, escritores, que eran su evolución, o su involución, no sé, pero que sí, probablemente se considerarían colegas e incluso prestarían su ayuda en caso de ser requerida. Yo, la verdad, no tenía muchos amigos escritores. Mis novelas, frecuentemente incomprendidas, no gustaban a los lectores, y sólo a una parte de la crítica. Tanto era así que solía preguntarme cómo conseguía malvivir de esto, cómo era posible que mi editor siguiera pidiéndome trabajo si tenía que estar perdiendo dinero conmigo.
Por lo visto, mi editor me admiraba. Le habría gustado cualquier cosa que escribiese, incluso una colección de sonetos. A mí no me caía del todo mal, aunque cabe reconocer que casi nadie me caía del todo bien. Soy una persona complicada, dicen que antipática, lo cual es muy posible. Mi persona, como mis novelas, también era una gran incomprendida.
Decidí por fin que no podía permitirme el fracaso, que me jugaba demasiado como para dejarlo correr, y di una nueva vuelta de tuerca a mis neuronas, con el resultado acostumbrado. Me volvería loco antes de conseguir imaginar algo decente. Recurrí entonces a la solución de emergencia, que consiste en ponerse a escribir sin pensar, a ver qué sale:
Andrea caminaba con paso turbio e inconstante sobre el adoquinado camino que la llevaba a la iglesia. Sentía pasos tras de sí, sombras se asomaban a las ventanas y lanzaban invisibles tentáculos de maldad, heraldos de muerte. Sus zuecos resonaban en la plaza, chapoteaban en los charcos que dejaba la fuente. Cansados de su propio traqueteo, traicionaron a Andrea, quien se torció un tobillo y cayó. Antes de incorporarse, echó la vista atrás.
Insuficiente.
Suele gustarme lo que escribo, pero hay días en los que todo esfuerzo es vano. Me fui a la cama sin cenar, castigándome a mí mismo, y me despertó por la mañana el inconfundible sonido de mi teléfono. Claro, era lunes:
- Hola, ¿qué tal? ¿Ya has escrito algo?
- Qué va. Empiezo a verlo imposible.
- No, hombre, tu problema es que no te relajas.
- ¿Cómo voy a relajarme si me pides algo que no he hecho nunca, que no me gusta hacer, y que no va a gustar a nadie?
- No, mira, ahora mismo voy para allá y nos vamos a mi casa de la sierra, que allí la inspiración te viene seguro. Así conseguí yo terminar Postales desde el Infierno.
Ah, pero, ¿este tío tiene un libro? Definitivamente no sabía nada de mi editor. ¿Para qué me invitaba a su casa? Comencé a imaginar cosas, entre ellas que lo que realmente perseguía mi editor era acostarse conmigo, objetivo desde luego que bien valdría el fingir desmedida devoción por mi obra. Esto me hizo acabar de despertar, me senté frente a la máquina maldita y escribí, aunque sólo fuera por poder librarme del compromiso:
Kim se preparaba a solas para el que debía ser el día más feliz de su vida. Apoyó un pie sobre la cama y comenzó a subir por su pierna izquierda el liguero azul que un día llevara su hermana. Oyó abrirse la puerta, de espaldas a ella, y recordó a Priscilla que vigilase a su futuro marido, que no debía verla antes de tiempo. Pero no era Priscilla.
Tampoco. No.
No tuve tiempo de crear nada mejor. Mi editor, cuyo nombre por cierto era Carlo, italiano él, hizo sonar su bocina un par de veces, como el que avisa a la novia de que ya ha llegado. Hice una precaria maleta en un par de minutos y salí, para encontrarme con verdadera sorpresa al hombre acompañado por una rubia de escándalo, de esas que lucen mejor en el asiento de copiloto de un Ferrari descapotable, cosa que Carlo parecía saber. Miranda, que así se llamaba, era su joven esposa, y por lo que pude observar mi presencia en su refugio montañés no iba a ser de su agrado.
Bueno, tampoco del mío. La genial idea había salido de la ahora más que nunca desconcertante y desconocida mente de mi editor. Lo que se proponía, solamente él lo sabía, si es que lo sabía. Al llegar, no pude evitar oír, y aunque pudiera no lo habría hecho, cómo Miranda echaba en cara a Carlo que hubiera invitado a su amigo el escritor sin haberla consultado. Yo habría reaccionado igual, sobre todo si el invitado hubiera sido un tipo tan raro y misterioso como yo.
El sitio era agradable, una cabaña de vigas de madera y olor añejo, con su chimenea y unas escaleras al desván, donde yo dormiría. A mí nunca me ha gustado la Navidad, pero hay que reconocer que pasarlas en familia, o lo que quiera que fuera aquello, en mitad de ninguna parte, incomunicados (bueno, esto para Miranda era literalmente imposible), y sin más riesgo que morir congelado mientras se parte leña fuera, tenía su aquel.
Deposité la máquina de escribir en la mesa que me había sido adjudicada, frente a la chimenea. Intenté encontrar la inspiración entre las llamas, en las cenizas, en el inconfundible olor a hogar:
Abraham buscaba desesperadamente en el baúl algo con lo que contener el brutal ataque de su oponente. Optó por fin por una pequeña sierra de carpintero, algo ciertamente inútil para frenar un hacha. A través del espejo de la cara interior de la tapa del baúl, vio acercarse a la muerte.
Me interrumpió Carlo para decirme que ya estaba lista la comida. Los últimos días del año transcurrieron siempre así. No había árbol ni belén, ni gorritos rojos ni calcetines. No importaba que fuera veinticinco o treinta y uno, martes o Domingo. Los días eran todos iguales. Por la mañana, Carlo y yo cortábamos madera para la chimenea, mientras Miranda hacía café. Al terminar, yo me zambullía en mi particular tormento creativo, Carlo trabajaba en un ajedrez de madera que ya tenía bastante adelantado, y Miranda movía millones a través de su móvil.
En esa particular y no demasiado desagradable rutina empecé a dar bastantes cosas por sentadas. A mí me sobraba mi editor, a Miranda le sobraba yo, y a Carlo le sobraba su esposa. Mientras estuviéramos los tres en casa no parecía probable que fuera a pasar nada divertido.
Mi obsesión por Miranda empezó a alcanzar tintes desagradables cuando me di cuenta de que todo lo que escribía trataba de ella. A falta de dos días por dejar ese paraíso, se me hizo indispensable encontrar la manera de quedarme a solas con ella. Eché al fuego las hojas que me quedaban en blanco y le dije a Carlo que me había quedado sin papel. Tal y como esperaba, intentó sacar partido de la situación, rogando a Miranda que bajara al pueblo a por más folios. Afortunadamente para mí, ella se negó, y Carlo se ofreció a ir personalmente. "Lo que sea por echar una mano a un amigo", me dijo. "Una mano o las dos", pensé yo.
Conseguido mi objetivo, aguardé pacientemente a dejar de oír el motor del Ferrari, cosa que no se lograba con facilidad, he de decir. Enseguida busqué a Miranda, que no me prestaba mayor atención que la que prestaba yo a Carlo, esto es, ninguna. En general, Miranda no prestaba atención a nada que no fuera su móvil. El desprecio causado por su absoluta indiferencia hacia mí me hizo enfurecer sobremanera, hasta tal punto que pasado un tiempo llegué a plantearme seriamente asaltarla cuando se metiera en su cuarto, la única habitación que tenía la casa. Por fortuna para los dos, antes de que eso sucediera se oyó de nuevo el coche de Carlo, así que todo quedó en un intento frustrado de... qué sé yo.
El bueno de Carlo llegó con las hojas poco después, y rozó mi mano al entregarme el paquete. Frustrado como estaba, tanto artística como sexualmente, decidí poner las cosas claras en aquel instante. Le dije que no quería saber nada de él, que a mí me gustaban las mujeres como la suya. Se rió en mi cara, aparentando no saber de qué le hablaba, me dijo que se había equivocado conmigo desde el principio. Lo que más me dolió fue que mintiera: dijo que nunca le habían gustado mis novelas.
Salí de la casa decidido. Fui hasta el tocón donde cortábamos leña, cogí el hacha y volví sobre mis pasos. Carlo estaba agachado sobre una mesa, ultimando el rey blanco. La primera descarga pasó a su lado, destrozando la mesa y poniéndole alerta. Tardó unos segundos en asimilar lo que sucedía, se puso en pie y me miró con los ojos muy abiertos. Me dio tiempo suficiente para recuperar el hacha y lanzarla sobre él, que ya huía, con tan mala fortuna que se clavó en el marco de la puerta. Seguí a Carlo hasta el cobertizo donde dejaba el coche. Lo encontré de rodillas, revolviendo en un baúl de madera que él mismo había construido, años atrás. Vi su cara de pánico reflejada en el espejo de la cara interior de la tapa del baúl. Había cogido una ridícula sierra. Antes de que se incorporara, golpeé el baúl contra la pared, de modo que la tapa se balanceó y se vino abajo.
El grito de mi editor cuando la pesada tapa le destrozó los brazos fue espectacular, tanto que posteriormente me sorprendió que Miranda no lo hubiese oído. Atascado como estaba, Carlo no pudo evitar que mi siguiente hachazo destrozara su cráneo.
Cuando entré a la habitación, observé que Miranda apuntaba algo en una pequeña libreta, de pie, apoyada en su rodilla izquierda. Llevaba el móvil sujeto entre su cabeza ladeada y su hombro derecho. Sin colgar, le dijo a Carlo que esperara fuera y que vigilara a su amigo el escritor, que no le gustaba quedarse a solas con él. Pero no era Carlo.
Miranda era inteligente, y no necesitó preguntar dónde estaba cuando vio en mi mano derecha un hacha ensangrentada. El hecho de que, al saltar por la ventana, ni siquiera se molestase en llevarse el móvil, indicaba hasta qué punto era consciente del peligro que corría su vida. Me tocó ir tras ella, tranquilo, pues sabía que sus carísimos Givenchy jugaban a mi favor. Pronto, un tacón se rompió, haciéndola caer sobre el barro. Antes de incorporarse, Miranda miró atrás, justo a tiempo para ver descender una hoja mortal sobre su frágil espalda.
No me molesté en hacer la maleta de nuevo. Cogí mi máquina, los folios, y el Ferrari de Carlo, y volví a mi casa. La inspiración, desde luego, no se encontraba en la paz de las montañas. No habitaba en un lugar, no podía buscarse. Sólo había que dejarse llevar, como yo había hecho, dejar a las vísceras imponerse al cerebro.
Me senté frente a mi Némesis, consciente de que tenía que escribir una novela de terror. Ajusté un folio y comencé a escribir:
Estaba completamente atascado...




