Nos enseñaron que los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren. A veces pienso que nuestro verdadero combustible, presente en todas estas funciones menos en la que, por faltar, se falta, no es el agua precisamente.
Recordaba que su padre le contaba cosas como que su abuelo le echaba whisky en el vaso para que se durmiera del tirón. Su padre se lo contaba con nostalgia, como si creyera que, en el fondo, aquella mezcla blancuzca no era sino una forma de instrucción, una estrategia de acostumbramiento. Él siempre pensó que lo hacía por joder, y que su padre era tan ingenuo que no se daba cuenta. De pequeño el matón de la clase siempre le robaba sus batidos, hasta que un día se pasó toda la clase de matemáticas vomitando sin motivo aparente. Eso también lo recordaba. Fue la última vez. Las carreras con sus amigos a ver quién terminaba antes la merienda, el gracioso bigote de Mary cuando depositaba el vaso vacío en la mesa, los camiones cisterna y aquel libro de enigmas infantiles. Todos los lunes, el milkman dejaba en la puerta las nuevas botellas, y era como si todo empezara de nuevo.
29/2/08
White milk
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28/2/08
Black blood
Cada vez que paso cerca de una obra y veo izado un instrumento metálico de unos diez metros de altura conectado a una grúa, cada vez que pienso que en unos instantes descenderá por una herida abierta en el terreno y que no parará hasta que los segundos indiquen que ha bajado al menos tres veces su tamaño, cada vez, pienso que somos unos salvajes.
Por algún extraño motivo, alguien nos hizo creer que el planeta que habitamos no tenía vida propia. A pesar de que late, sangra, tiembla, estornuda y se reproduce, de que nació y algún día nos lo cargaremos, seguimos convencidos de que no es más que un pedazo de tierra y un poco más de agua. De que podemos hacer con él lo que nos dé la gana. Es verdad que somos un virus, que es una desgracia que, de entre todas las criaturas que hay en el mundo, tuviéramos que dominar precisamente nosotros. Sacarle la sangre, expresión por una vez no (solo) metáforica, es tal vez el último -por más fatal- atropello que llevamos a cabo.
Insólita la historia de un tal Daniel, emprendedor norteamericano demasiado preocupado por su prosperidad y demasiado poco por cuestiones éticas, que pareció vivir enzarzado en una batalla a vida o muerte con esto que hemos dado en llamar la Tierra. Día a día drenaba los pozos y agrandaba sus arcas, en una operación pérfidamente matemática, cuanto más sacaba de un lado más entraba en el otro, y así hasta que, cuentan, lo hallaron ahogado en un depósito de crudo. Dictaminó la autopsia, eran otros tiempos, que tenía la sangre negra. Quizá en parte era cierto. Hoy lo llamarían justicia poética.
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23/2/08
Cuarta dimensión
Heathcliff vivió gran parte de su vida sumido en una especie de agobio, un casi estrés, un no tengo tiempo para hacer nada. Y la culpa, como siempre, es de los padres: a fin de cuentas Heathcliff no era el paradigma de hombre ocupado. Sí es cierto que siempre combinaba sus clases con algo más. Al principio, sus padres le apuntaron a fútbol, pero era realmente malo con el balón en los pies. Luego llegaron el tenis, el inglés, las clases particulares, el carnet de conducir y el trabajo de media jornada. Siempre tenía algo que hacer. Era de esos que no cesan de pedir que los días tengan veinticinco horas, o incluso veintiséis, si es que tal cosa fuera posible.
Por ello es que se convirtió en un experto del tiempo, una eminencia en la optimización del recurso más preciado, el as de los horarios. Iba de aquí para allá exprimiendo su agenda, sacando siempre sus momentos de solaz. Gustaba, pues, de aprovechar esos ratos. Si podía estar media hora en casa quería invertirla en algo y entera. Sobre todo entera. Con sus padres esto era medianamente imposible porque, como si se tratara de divinidades cósmicas, manejaban el tiempo a su antojo, y mucho antes de que él creyera conveniente ir desconectando de su ocio para poner en marcha su siguiente obligación, sus padres le recordaban que ya se tendría que estar yendo. Si el padre de Heathcliff había quedado en llevarlo a la academia a y media, bajaba "a preparar el coche" a menos cinco diciendo que eran y diez y pidiéndole que bajara a y cuarto. A pie, no tardaría más de doce minutos en llegar a su destino. En coche, cinco. Pero pareciera como si su padre hubiera nacido con un cohete en el culo.
¿Que tenía que ir a la Facultad a estudiar por la mañana? Su padre bajaba a por el coche a las siete en punto. Él no entraba hasta las ocho y la Facultad no abría antes tampoco, pero daba igual. Golpeaba la puerta del cuarto de baño, lo veía afeitándose, con la cara llena de espuma, y le decía "me bajo a por el coche, ahora en cinco o diez minutos bajas tú". Y su madre lo mismo: "Heatcliff, que llegas tarde, que son y veinte" (son y catorce en realidad). Y allí estaba Heathcliff, muerto de sueño y frío, esperando media hora larga a que abrieran las puertas porque, al lado de la de sus padres, la famosa puntualidad británica era un ejercicio de mala educación.
Lo cierto es que los relojes que había en casa más cerca de los dominios paternos estaban convenientemente adelantados. Así no se retrasaban nunca, pero entre eso, el miedo al tráfico, y el afán por llegar antes que nadie, se hacían con lapsus que podían sumar horas a lo largo del día. Horas desaprovechadas. Pero la situación cambió un día. Su padre seguía marchando tempranísimo, pero ya no llegaba tan pronto. Salía a y media, creyendo que eran y veinte, y no llegaba al trabajo antes de menos cuarto.
Heathcliff empezó a llegar a sus destinos cumplidos los cinco minutos de cortesía. Comprendió que el mejor remedio contra sus males no estribaba precisamente en prolongar el día una hora o ir con prisa a todas partes. Sólo tenía que retrasar los relojes un par de minutos.
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20/2/08
The duel
Llegaba tarde, y más tarde llegaría si, además, me demoraba demasiado en coger el bus. Doblé una esquina y allí estaba, amenazante más allá de la rotonda. La parada, el autobús y yo formábamos un triángulo escaleno. En honor a la verdad, yo estaba más cerca de la marquesina, pero carecía de unos cuantos pares de ruedas y caballos de vapor. Un semáforo contenía al rojo diablo que, divertido, me observaba a lo lejos invitándome a la machada. Como a una verde señal, ambos nos abalanzamos sobre la estática presa.
En mi trayecto, me llevé por delante a una vieja, esquivé a duras penas a una embarazada con carrito y salvé la vida de milagro ante las furibundas flechas de metal que atacaban mi flanco izquierdo. Ya el autobús había tomado la rotonda, un breve arco y saldría de ella para ganarme por la mano. Pero con la inercia del campeón y la determinación de un suicida, nada podía pararme. El triunfo de mi vida. Arribé a destino cuando el autobús estaba por salir por la tangente.
No lo hizo. Siguió por la rotonda y se alejó dirección sur. Después de todo, era una línea diferente.
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18/2/08
14/2/08
Livin' fast
La vi en abril.
La conocí en mayo.
Lo hicimos en junio.
Y en julio.
Y en agosto.
Nos escapamos en septiembre.
Me dejó en octubre.
La dejé en noviembre.
Volvimos en diciembre.
Nos helamos en enero.
Nos miramos en febrero.
No llegamos a marzo.
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12/2/08
Insomnio
Segura ya de que el sueño no volverá esta noche tampoco a su cama, se incorpora levemente y piensa qué hacer con las horas que le quedan hasta que empiece un nuevo día. Con la habitación sumida casi completamente en la oscuridad, la única distracción que encuentran sus pupilas parecen ser las lentas variaciones de un reloj que se muestra decidido a no hacer nada extraordinario salvo cada sesenta segundos.
Rendida de dar vueltas en la cama en busca de un sueño imposible, comienza a dar vueltas a la cabeza, aunque estas sean solo metafóricas. Recuerda cómo empezó todo. Recuerda lo bien que dormía con él, sobre todo cuando apenas dormían. Sus ojos incendiados en placer, su boca, sin embargo, callada, fría. Él era así. Y eso que se lo advirtió. Sería lo mejor y lo peor de su vida. Ella no le creyó, ingenua, ni siquiera cuando efectivamente estaba siendo lo mejor de su vida. Hasta que un día le dijo que se había cansado, que ya no sentía nada por ella. Y aquello fue lo peor de su vida.
Y ahora está sola en la cama que tantas veces compartieron los tres.
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11/2/08
4 semanas
Omar era un año mayor que el resto. A diferencia de Lola, Glaucón, las pijas o alguna otra de las personas que habéis conocido, nació en 1989. No parece un dato excesivamente relevante, pero en 2008 lo era, porque había elecciones en España y la mayoría de componentes de esa clase de 2º no podría votar. Podían Omar y algunos otros, claro, todos ellos habían repetido algún curso, y los que hubieran nacido en los primeros días del 90, como Almudena o Núria. Y tampoco esto sería muy importante si no fuera porque en esta atípica clase tenían por costumbre ilusionarse por la cosa más estúpida. En este momento, el voto de Omar, el único, al parecer, todavía negociable, era poco menos que una cuestión de estado.
- ¡Mira, Lola! -dijo Glaucón en cuanto la divisó por el pasillo-. Me he comprado dos pelis por diez euros de nada.
- ¿En serio? ¿Cuáles? -quiso saber.
- Estas -dijo, tendiéndole una bolsa de El Corte Inglés.
Lola miró el contenido. Se trataba de Closer y La Boda de mi Mejor Amigo. Omar salía justo entonces del lavabo, y no pudo reprimir un comentario acerca de la etiqueta que ambas películas llevaban por sobre el precinto: "San Valentín: un regalo para ella".
- Oye, Glaucón -se burló-, ¿no se supone que tendrías que haber comprado una y una? O dos "para él", ya puestos, teniendo en cuenta que eres un tío y todo eso.
- No te enteras -se defendió-, las películas para tíos que había en esta promoción eran un poco lamentables, de acción y cosas así. Hasta habían puesto Destino de Caballero como "para él", aprovechando la coyuntura, supongo, aunque yo la veo más para chicas. En cualquier caso, el futuro está en el drama. Creo que siempre me han gustado más las pelis de chicas.
- A mí también -apuntó Lola, fingiendo seriedad.
- ¡Lo que hay que oír! -se despidió Omar-. Me voy a clase.
- ¡Pero si la de inglés nunca llega antes de y veinte! -exclamó Glaucón.
- Ya, pero no he hecho los ejercicios -contestó-. Te cojo la libreta, Lola.
- Eso, a ver si hay suerte y los encuentras -se burló. Lola nunca hacía los ejercicios de inglés.
Glaucón aguardó a que Omar se alejara para compartir las últimas novedades con Lola.
- Tía, ¿cómo va la cosa? ¿Somos una clase socialista o popular?
- Populares son las pijas, en todos los sentidos -arguyó Lola-. Si te refieres al signo político de la clase para el 9-M, la cosa está así así, con una pequeña ventaja para los de la crispación.
- ¿De qué habláis? -preguntó Sonia, salida de la nada.
- Somos una clase facha -lamentó Glaucón, con su dramatismo habitual.
- Y, ¿cómo lo sabes? -inquirió y, dirigiéndose a Lola, añadió- ¿Has sondeado a las pijas?
- Sí, estaban hablándolo esta mañana en el baño -respondió-. Obviamente votarán al PP, el padre de Almudena es promotor inmobiliario y, el de Núria, íntimo de Camps. Aunque allí parecía que fueran a votar todas, a juzgar por el énfasis que ponían.
- Pues como nosotros, y eso que no votamos ninguno -dijo-. Supongo que Omar votará en rojo.
- Creo que finge no interesarle -contestó Lola-, aunque ninguno lo creemos. De todos modos no hemos hablado gran cosa.
- Y los subnormales del chándal -apostilló la propia Sonia- votarán fijo al PP, pero además estos no por conveniencia sino por convicción, que es lo triste. Es verdad, Glaucón, estamos en una clase facha.
- Bueno, pero de ellos creo que solo dos tienen los dieciocho -corrigió Lola-, y también los tienen Jose y Pedro, los de la última fila, que como poco votan a Llamazares. Por ahí la cosa está equilibrada.
- Bah, ni siquiera sé para qué nos preocupamos -añadió Sonia-, si aquí menos de ocho años no gobierna nadie.
- ¿Cómo puedes estar tan segura? -exclamó Glaucón-. ¡El voto de Omar podría decidir el futuro de España!
- ¡Pero el mío no! -apostilló Sonia-. Entro, que no he hecho inglés todavía.
- Pídele a Omar mi libreta, si quieres -gritó Lola, mientras Sonia se alejaba.
(Continuará...)
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(Todos) la llamaban Lola
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6/2/08
Cinco vidas
Para Martha su padre lo era todo. Su padre, su hermano, su jefe, su ídolo, su dios. Más o menos lo normal cuando tienes cinco años y nunca has conocido a tu madre. Sabía que su familia no era como la de las demás niñas. Que sus amigas volvían después del colegio a una casa donde esperaba una madre. Es verdad que muchos matrimonios estaban rotos, pero a tan temprana edad no distinguía demasiado bien. Tampoco lo echaba de menos: su padre la cuidaba, jugaba con ella, le preparaba el desayuno, la merienda y la cena, la bañaba, la acostaba, le contaba un cuento y le besaba la frente. Su padre era todo lo que tenía.
El caso de Tomás no era muy diferente. Vivía en un agobio tal que no sabía lo que significaba el estrés. No tenía tiempo para saberlo ni para padecerlo. No se lo podía permitir. Trabajaba muchísimo para poder pagar el alquiler de un triste apartamento de sesenta metros cuadrados y los mil préstamos que tenía pendientes. Y la compra, la gasolina del taxi, el colegio de su niña. Su niña. Martha era todo lo que tenía.
Los tiempos nunca fueron buenos, pero fueron a peor. Martha nunca supo por qué tuvo que despedirse de sus amigas y empezar de nuevo en otro colegio, más lejos de casa, pero más barato. Se dio cuenta de que últimamente comía más verdura que pescado y más pollo que ternera. Que en invierno hacía más frío, que su padre jugaba un poco menos y lloraba un poco más; que tenía más ojeras, aunque no sabía lo que significaban. Pero nunca la quiso menos, ni siquiera un poco. Y aunque solo tuviera cinco años, lo notaba. Sabía que su padre siempre estaba ahí.
Un día todo cambió. Su padre pareció enmudecer y ya no la recogía a la salida del colegio; tenía que volver a casa con la madre de una amiga. Dejaron de merendar y de almorzar, y el desayuno pasó a consistir en leche blanca y galletas. Eso sí, su padre pasaba más tiempo en casa. Ya no salía por las noches, después de haberla acostado, a hacer un par de carreras o tres, ni la dejaba a media tarde en casa de la vecina para jugar un rato mientras él ganaba un poco más de dinero. Los vecinos siempre los habían mirado con ternura y piedad, como si se hicieran cargo de su situación pero nada pudieran hacer por ayudarlos. Después del incidente los miraban de otra manera, a Martha le pareció que como con rencor. Solo que ella no sabía lo que era el rencor. No sabía por qué se tenían que cambiar de casa definitivamente, a una distinta, desconocida, peor.
No sabía muchas cosas. No sabía que, accidentalmente, su padre había quitado la vida a un ciclista que se cruzó en su camino, y que desde ese día su único medio de subsistencia había quedado inutilizado. No sabía que su padre hizo todo lo posible por su familia, por ella, por Martha. No sabía que la opinión pública lo condenó como no lo había hecho el poder judicial, que su padre, presionado por la conciencia de los que se creen mejor que él, tuvo que dar un paso atrás para salvar el honor de su familia, renunciando a una vida mediocre en beneficio de una vida peor. No sabía que no sirvió de nada. Y a veces es mejor no saber.
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5/2/08
Rincón del lector (febrero)
Hola chicos y chicas, no penséis que estoy vago, que también, es que uno es universitario y, aunque no atienda sus obligaciones, se deja arrastrar por las preocupaciones derivadas de las mismas, en cuyo caso se llega a un punto en el que no se consigue nada de nada. Sed responsables.
Se nota que enero-febrero es mes de estudios para (casi) todos porque apenas tenía correo la última vez que lo miré, así que voy a contestar a dos emocionantes preguntas (lo digo sin recochineo, mal pensados) y el resto, confío, el tiempo dirá.
ArdaTroya y Croissant me preguntan por Lola, el primero por quién es y la segunda si soy yo, lo que me recuerda que un amigo me preguntó por esto hace un tiempo. En apariencia son dos preguntas sin ningún sentido, pero entendidas en un contexto un poco más allá de lo que dicta la lógica del día a día, se convierten en cuestiones muy interesantes. Dicho esto, no, yo no soy Lola. Claro que tiene cosas mías, como todos los personajes. Y los que no, tienen cosas de otras personas, como Lola. En cierto modo, todos los personajes que uno puede crear son eso, un compendio de características que, si no son tuyas, son de alguien que conoces. Habrá quien tenga más de mí y quien tenga menos y, desde luego, ahora mismo no me imagino escribiendo un protagonista para un personaje con el que no conectara de algún modo cercano y positivo. Así que supongo que eso es Lola, la persona a la que me gustaría conocer algún día.
Por otro lado, aunque no muy diferente, DBC quiere saber si las historias enmarcadas en Seducciones paganas son autobiográficas. Mas... ¿no es todo autobiográfico? Reconozco que la respuesta no es mía, pero se presta perfectamente a ello porque pienso exactamente lo mismo. Es decir, todos vemos el mundo desde nuestro propio ojo de cerradura, ¿no? Thomas Wolfe decía que somos la suma de todos los momentos de nuestra vida y que cualquiera que vaya a escribir algo, inevitablemente empleará el barro de su propia vida. Siempre he dicho que cuando escribimos, sea lo que sea, dejamos entrever una parte de nosotros mismos, y es justamente por eso, porque es imposible abstraerse de lo vivido para dar vida a una nueva historia, porque cuando escribimos lo estamos haciendo, en cierto modo, autobiográficamente.
No sé si con esto contesto (satisfactoriamente) las preguntas, si no es así, este mes es cortito y habréis de esperar poco para verme aquí de nuevo. Pasadlo bien y... grabadlo todo. :-)
Estación
X al desnudo
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