Se comían los miércoles entre rollitos y tres delicias. Siempre pedían menú. Ella, con almendras. Él, bolitas. Compartían arroz y tallarines, y casi nunca les llegaba la salsa agridulce.
Un día, ella exclamó que no podía más, tras haber mezclado el pollo con su parte de arroz. Él, caballero, se ofreció a comerse la otra mitad. Desde entonces, siempre lo hacían así. Ella tomaba dos platos y medio, él uno más.
Ella nunca le dijo que se quedaba con hambre. Él siempre calló que aborrecía las almendras.
29/11/07
Comida china
Estación
Seducciones paganas
13
Comments
26/11/07
Darwin se equivocaba
Esta mañana, al pasar por delante de una facultad, Lola ha sido testigo de una escena de lo más romántica. Dos jóvenes, de sexos opuestos, estaban de pie, medio abrazados medio no. Él, bastante más alto que ella, apoyaba la barbilla en su pelo. Ella, la frente, la sien, en su pecho. No se estaban besando, no se estaban sobando, como podría haber sido lo normal. Y sin embargo todos los miraban.
Eran ellos, los señalados. Está mal decirlo, pero eran los feos. Una fealdad fuera de lo normal, una fealdad debida a algún problema mayor, físico o psíquico. Ella, además, es estrábica. Y él, no por casualidad, es ciego. Es ciego, y no sabe cómo es ella por fuera. Conoce a la persona, sabe de ella que está allí cuando necesita ayuda para bajar las escaleras, que es su amiga, que es la chica que se sienta con él y le hace caso. Ella, por su parte, sabe de él que es posiblemente su única alternativa a la soledad. Alguien que la puede apreciar por lo que es y no por cómo está configurada. Y sabe, a diferencia de él, que todos los demás lo saben también, que están juntos porque es eso o nada. Él solo puede sospecharlo.
Lola ha pasado de largo sin detenerse, mientras aquí y allí había gente señalando y riendo. Se ha preguntado hasta qué punto estaba el biólogo en lo cierto, y qué pensaría de su selección natural si hubiera visto, como ella, esta peculiar inversión de la misma.
Estación
(Todos) la llamaban Lola
11
Comments
22/11/07
Death Calls
El lunes, los periódicos pondrán una foto de un joven sonriente. Dirán que solo tenía diecinueve años, que iba a la universidad, que era muy querido. Que iba demasiado deprisa, o demasiado bebido, o demasiado colocado. Siempre es igual.
Odio los sábados por la noche. Estoy de servicio, sé que los jóvenes cogerán el coche y se irán a cualquier parte a pasárselo bien. Yo me sentaré en mi mesa, rezando para que esa noche no sea como todas las demás. Pero pronto, a las diez o las once de la noche, llegarán los primeros avisos. Algún herido leve, alguien que se libra de otra noche de tediosa fiesta. El turno parece no acabar nunca, sigues mirando el reloj, deseando que se dé un poco más de prisa. Y entonces suena el teléfono, son las cinco de la mañana y no necesitas cogerlo. Quieres salir corriendo, pensar que, quizá, si no contestas a la llamada resulte que nada ha sucedido.
Pero contesto, y me dicen que vaya a tal autopista, a cierto kilómetro. Y allí está, un coche volcado en la cuneta, o empotrado contra un árbol, o contra otro coche. Hace tiempo que trabajo como un autómata, de otro modo no podría soportarlo. Mi mente está en otra parte mientras extraigo la cartera del bolsillo de una de las víctimas y anoto su dirección.
Nadie sabe lo que es permanecer a la puerta de un hogar bajo el anaranjado y frío amanecer de una silenciosa mañana de domingo, esperando para decir a una familia que su hijo se ha matado en un accidente de tráfico. Trago saliva una vez, otra vez, sudores fríos por mi piel y vuelvo a desear estar muy lejos de allí. Entonces se abre la puerta y yo comienzo el maldito monólogo: "Buenos días, soy policía. Hace unas horas, su hijo ha sufrido un importante accidente...". Ellos me miran con atención pero no me escuchan, tampoco lo necesitan. Les estoy diciendo que su hijo se ha ido para siempre.
Diez minutos después estoy de vuelta en el coche intentando olvidar, maldiciendo a quien inventó los coches, las carreteras, el alcohol y las drogas. A quien me metió en la cabeza lo de ser policía. Y siempre es igual, una historia sin final que se repetirá en una semana.
Siempre es igual.
Estación
Hijos de Pandora
6
Comments
20/11/07
El club de las horas contadas
- ¡Lola! ¡Lola!
Lola aún no había salido del portal, pero conocía el entusiasmo de su inquieto amigo. Bajaba a la calle a echarse un piti, y no se molestó en contestar, sabedora de que no era necesario.
- ¡La Oreja se separa! ¡La Oreja se separa!
- ¿Es necesario que lo digas todo dos veces? Si sigues así, está conversación durará el doble.
- Pero, ¿me has oído? ¡Se separan!
- Se veía venir. Además, también se separaron los Duques de Lugo hace unos días y no dijiste nada.
- ¿Los quiénes?
- Nada, déjalo.
- Entonces, ¿te da igual?
- No, claro que no. Creo que esta noche no podré dormir.
La conversación siguió por estos derroteros unos instantes más, lo que tardaron en cruzar la calle y llegar hasta el banco donde ya esperaba Omar quemando costo.
- Ye, ¿os habéis enterao? La pava esa ha dejado a los pringaos aquellos.
- Joder -dijo Lola-, la noticia del día. ¿Hay alguien que no lo sepa? Corred a contárselo.
- Eh, menos -arguyó este último-, yo me limito a dar información. Si a mí me la pela.
- Pero, ¡estáis locos! -sí, este es el inquieto- ¡LODVG son el grupo nacional más importante de la década!
- Ya será menos -terció Lola-, además tú sus discos los tienes pirateados.
- Bueno, ya. Pero eso da igual.
Omar ya había empezado a fumar. En realidad era el único que lo hacía. Lola no fumaba, pero siempre llevaba tabaco "por si acaso". Para ellos, salvo para el propio Omar, la expresión echar un piti no implicaba fumar, sino sentarse en la plaza a solucionar el mundo.
- Y ahora, ¿qué? -se le ocurrió decir a Lola, divertida- ¿Seguirá en solitario?
- Eso dicen en la tele -ofreció Omar entre dos caladas-. La cabrona no quiere repartir el pastel, es normal.
- No es eso -dijo Glaucón (así se llamaba), muy enterado-, es que se llevaba muy mal con Pablo.
- Ah, pero, ¿te sabes los nombres de todos? -dijo Lola, fingiendo sorpresa.
- Jajajaja. ¡Friki! -Era frecuente que Omar se riera de Glaucón.
- Tú no te rías -le defendió ahora Lola-, que eres el primero que ya lo sabía.
- Bueno, venga -finalizó Omar-. ¿Os habéis enterado de lo de Almudena?...
Un par de horas después, Lola volvía a casa, tras separarse de sus inseparables. Hacían un grupo extraño los tres. No tan estereotipado como podría parecer en una primera lectura. Ni Omar era un fumeta que pasaba de todo, ni Glaucón un gafotas consumidor de Los 40, ni Lola una presuntuosa anticomercial. Se hacía la indiferente, pero se había enterado mucho antes de que Glaucón la llamara por el telefonillo, sorprendida de que la noticia no solo apareciera en los medios musicales, sino también en la versión digital de periódicos de gran tirada.
Pero lo que más la sorprendía era que muchas de las páginas y foros que basaban su amor a lo indie a través de una crítica feroz a La Oreja de Van Gogh (entendida como epítome de la música comercial) pudieran publicar la noticia con cierta alegría y esperar no menos de otro centenar de comentarios de jolgorio y encarnizamiento con un grupo que, por demás, les ha dado de comer. Porque sin ellos, pensaba a veces Lola, la mayoría de sus detractores no sería nadie.
Alejó pensamientos negativos de su cabeza, y para ello fue en busca de algo de música. Sacó un CD de su funda de cartón, lo puso en la minicadena y se fue hacia la ducha antes de que empezara a sonar. No había nadie en la habitación para escuchar los primeros acordes de Puedes contar conmigo.
Estación
(Todos) la llamaban Lola
5
Comments
18/11/07
Pequeño saltamontes
- No logro dormir.
- ¿Por qué?
- De pequeño hice algo horrible.
- ¿El qué?
- No me gusta recordarlo.
- Bueno, pero ya que está aquí... ¿por qué no lo intenta?
- Maté a un saltamontes.
- Todos matamos saltamontes de pequeños. Y hormigas, y moscas y mosquitos. Hasta gatos, hay quien ha matado gatos. ¿Alguna vez ha matado un gato?
- No, claro que no.
- Pero mosquitos sí. Esos pequeños hijos de puta no te dejan dormir hasta que acabas con ellos.
- Pero no es lo mismo. Los mosquitos parecen haber sido concebidos con el único propósito de hacer el mal. No siento lástima al matar mosquitos.
- Pero sí al matar saltamontes.
- Sí. Al matar saltamontes sí.
- ¿Por qué?
- No sé. No voy matando saltamontes por ahí. De ser así, no estaría aquí contándole esto. Maté a uno, hace mucho tiempo. Y no suelo acordarme de ello, pero cuando lo hago, me detesto.
- Vamos, suéltelo. Cuénteme cómo lo hizo.
- ¿Los detalles? Es escabroso. Era un saltamontes negro. Nunca había visto uno igual. No era muy grande, quizá como un dedo meñique. Teníamos un jardincito en el chalet, pero estaba en el camino que llevaba al trastero. Me acerqué sigilosamente, con un cubo de playa, y poniéndolo bocabajo lo atrapé dentro. No sé por qué, yo nunca fui de los de coleccionar bichejos.
- Y, ¿qué más?
- Puse algo encima del cubo, como si temiera que el saltamontes pudiera escapar. Una bandeja de plástico azul, no recuerdo bien de qué era. Y me meé encima.
- ¿Se qué?
- Me meé. No, no ese "mearse encima". Me meé encima de la improvisada prisión. Fue un acto vandálico y estúpido. Como todo lo demás.
- ¿Y luego?
- Luego me fui. Dejé que el sol tostara la orina, no conscientemente, claro. Aún no tenía tan trabajado el intelecto. Me fui, y cuando regresé olía... fatal, por decir algo. Y descubrí que del césped al cubo había una línea negra. Una línea negra de hormigas. Se habían colado por entre las imperfecciones del suelo. Levanté el cubo, y allí estaba. El cadáver del saltamontes. Todavía me pregunto si estaba vivo cuando empezaron a devorarlo.
- ¿Por qué cree que lo hizo?
- No sé. ¿Por qué hacer algo así? Era pequeño, supongo que eso lo justifica todo.
- No, no justifica nada. Pero lo hace comprensible.
- No, para mí tampoco. No lo comprendo y no lo acepto. Llevé al saltamontes a una muerte terrible y ni siquiera tenía una razón para ello. Porque yo no era uno de esos engendros demoníacos que disfrutaban cortando colas de lagartija o arrancando patas a las arañas. Es que no sé por qué lo hice.
- Y ha venido buscando una respuesta.
- No. He venido buscando perdón.
- Eso no se lo puedo ofrecer. Pero le voy a recetar algo.
- ¿Para dormir?
- Para el perdón.
Estación
Seducciones paganas
5
Comments
16/11/07
Lola
Dolores Schulz García nació en París a finales de 1990, de padre austríaco y madre sevillana, pero no duró mucho en la ciudad de la luz. Llegó a Livorno cuando apenas contaba tres años, en donde vivió hasta que sus padres se divorciaron en 2001. Él se quedó en Italia, ella se fue a España con su madre, pero no renunciaron al mar; se instalaron en Valencia, ya definitivamente, donde vivía una tía suya, que abandonó la capital andaluza poco después de hacerlo su madre.
Hasta aquí, la historia geográfica de su vida. Tuvo una infancia feliz, y una adolescencia interesante, digan lo que digan de los hijos de separados. Viajaba a menudo, aunque ella siempre se sentía en casa. Vivía en Valencia, pero pasaba largas temporadas en Florencia, a donde su padre se trasladó poco después de la separación. A París no iba nunca. Ni siquiera en una ciudad en la que hay más turistas que residentes dejaba de sentirse ciudadana de pleno derecho, a pesar de que en cierto modo ella era tan turista como los demás. Ni siquiera había nacido en Italia. Pero era de allí.
Sus abuelos paternos vivían en Salzburgo, por lo que también se acercaba de vez en cuando, alguna de las veces que iba a ver a su padre. A los maternos, en Sevilla, los veía menos. Y es que de andaluza solamente tenía el cincuenta por ciento de la sangre y de los apellidos, aunque hay quien habría dicho que se le notaba. Hablar por hablar, quizá, o tal vez no.
Era una buena persona. Antes de conocerla mejor, tal vez habría dicho que era muy inteligente, pero hay personas, y hablamos de una de ellas, que te embrujan de tal manera que te replanteas prioridades y "lo que de verdad importa". Y eso era justamente lo más importante, pero no lo único. No era una líder, no al menos mientras estuvo en el instituto, pero tenía carisma. Era esa chica que no pertenece a ningún grupito pero a la que todas consideran su amiga y le cuentan cosas de las que no se podría enterar de otro modo, la chica por la que ninguno de la clase babea el primer día del curso, pero a quien piden consejo antes de Navidad.
Le gustaban muchas cosas, pero en pocas de ellas coincidía con las chicas de su edad. No le interesaban los chicos mayores, no buscaba un malote, ni vivía toda la semana pensando en el fin de la misma. Disfrutaba en clase, no hasta el punto para ser considerara empollona; en realidad lo que le gustaba era estar en clase, poder comentar la jugada con sus compañeros, participar de todo lo que envuelve a la vida de un estudiante.
Le gustaba el cine, por ejemplo, pero no las de miedo fácil o coches y explosiones que veían sus amigas con los niñatos de turno. No, tampoco era fan del cine asiático ni de Lars von Trier o David Lynch; no era una gafapasta insoportable. Le gustaba la política también aunque, consciente de lo que suelen pensar los adultos de una "niña" de diecisiete años, solía escuchar mucho y hablar poco. Si le preguntarais a ella, os diría que era lo suficientemente progresista como para que no la llamaran facha, pero no tanto como para que la llamaran roja, aunque os lo diría riendo y no sabríais si os estaba tomando el pelo o no. Era así, siempre.
Hay mucho más que decir de ella, si bien puede bastar para una presentación. El crisol de nacionalidades que tenía lugar en su persona la convertía en la eterna extranjera, pero nunca despectivamente, al contrario. A la gente le suelen gustar los bilingües y foráneos que se mueven con soltura en más de una lengua y sociedad. En España era "la italiana" y en Italia "la spagnola". Se llamaba Dolores Schulz, pero todos la llamaban Lola.
Estación
(Todos) la llamaban Lola
5
Comments
14/11/07
Los olvidados
La turba enfurecida había llegado a la puerta de la torre. Portaban teas y un ariete, dispuestos a sacar al viejo loco de su morada por las buenas o por las malas. Casi seguro que por las malas. Ya los cuernos de bronce habían comenzado su labor, cuando de una tronera se desprendió un reguero de aceite hirviendo, disuadiendo a la multitud que se congregaba en torno a la cabeza de carnero.
Fue solo un espejismo. Abrasados y ultrajados, con numerosas bajas ahora, redoblaron sus esfuerzos, decididos como estaban a llevarse consigo la vida del solitario. Pero la puerta no cedía, ni lo haría mientras los puntales de hierro que la falcaban no traicionasen su cometido. El anciano confiaba en que el tiempo ganara el pulso al odio, y los parroquianos, cansados, derrotados o muertos, cesaran el asalto. No estaba asustado, pero no contaba con el poder que da a los hombres el saberse respaldados por sus semejantes y vecinos.
Finalmente los goznes saltaron y la puerta se vino abajo. En frente, únicamente una escalera de caracol, demasiado estrecha para dos personas. De uno en uno, pues, y a la velocidad del rayo, subían los campesinos, un piso tras otro, hasta que quien abría la marcha recibió un bastonazo en la cara, cayendo hacia detrás y arrastrando en la caída a varios de sus compañeros. Eran los últimos movimientos de una partida a punto de extinguirse. Entregada la fortaleza, la superioridad numérica se tradujo en muerte.
Llegados a este punto, si no antes, suelen conocerse los motivos de un ajuste de cuentas de tamaño calibre, pero los sudorosos guerreros no ofrecieron conversación; sus armas bastas redujeron al ermitaño a un montón de carne inerte, y tal y como llegaron se fueron, la cabeza alta y el deber cumplido. La historia la escriben los vencedores.
Estación
Hijos de Pandora
9
Comments
11/11/07
Ghost Ship
La mañana del 12 de julio de 2007 reapareció en aguas internacionales, a solo unas millas de distancia de su última posición conocida, el María Narcissa, carguero portugués bajo bandera filipina con el que se había perdido contacto dos semanas atrás. Encontraron al barco, pero no así su tripulación. El equipo de rescate, improvisado por dos médicos y otros oficiales del buque japonés que constató el hallazgo, fue reconociendo compartimento por compartimento del María Narcissa en el más inquietante de los silencios, sin hallar rastro alguno de vida -o de muerte- a bordo.
En las dos semanas que estuvo desaparecido, se especuló con frecuencia sobre el destino y el paradero del María Narcissa. Había quienes afirmaban que habían sido engullidos por una tormenta perfecta, y los más audaces defendían que cayeron víctimas de piratas modernos, por aquello de buscar la explicación razonable, aunque hay tanta leyenda tras los barcos desaparecidos que el sentir generalizado iba más por otros derroteros. De haber ocurrido algunos siglos atrás, la nave simplemente se habría perdido para siempre, tal vez bajo las fauces de algún monstruo submarino. Si hubiese sucedido en el Triángulo de las Bermudas, el barco bien podría estar perdido en algún universo paralelo.
Pero no era así. El María Narcissa desapareció la madrugada del 28 de junio, 90 km al suroeste del canal de Panamá. No saltó ninguna alarma, no pidió auxilio. No navegaba el famoso triángulo, ni pudo perderse en aguas aún ignotas. Y apareció, dos semanas después, sin aparentar ataques, animales o corsarios, ni un desgaste propio del transcurrir de los años de un viaje por el tiempo. Paradójicamente, este nuevo conocimiento no tranquilizó a las masas. De algún modo, el ser humano parece preferir explicaciones sobrenaturales a la ausencia de cualquier tipo de explicación.
Cuando el gobierno de Perú supo del tipo de carga que portaba el carguero -armamento militar-, empezó a atar cabos. El menguante movimiento de liberación llevaba unos días sin manifestarse y su líder no había reivindicado la autoría de ningún nuevo atentado. Obviamente esta información jamás trascendió a la prensa, de ahí que el caso del carguero portugués haya servido para seguir alimentando la leyenda. En caso contrario, la verdadera explicación de la desaparición de toda la tripulación del María Narcissa habría estado al alcance de ser sospechada por el gran público.
Claro que no habrían preferido creer que la Agencia de Seguridad Nacional había dejado a un solo hombre de elite en alta mar para abordar el barco y, uno por uno, eliminar y tirar por la borda a los guerrilleros peruanos, recuperar información clasificada y desaparecer, esta vez de verdad, como una sombra en la noche del Pacífico, antes que cualquier otra historia menos heroica y más trágica, más acorde con su manera de ver la vida. Porque a veces es más fácil creer lo increíble que lo real.
Estación
Hijos de Pandora
4
Comments
7/11/07
Intro
Al final del post anterior mencioné muy por encima lo que serían a grandes rasgos los contenidos de este blog. Como era la presentación tampoco convenía ahondar más, pero este segundo sí es un buen momento para hablar, al menos, de la distribución. Obviamente es pronto para decir cuáles serán todas las series o categorías, fuera de las cuales no creo que escriba nada -salvo que algo muy extraordinario suceda en mi vida-, de las que estará compuesto (¿o compuesta?) Atlantis 2050, entre otras cosas porque en este sentido no tengo muy claro el concepto de "todo". En el futuro espero abrir series temáticas, más concretas y, por decirlo de algún modo, episódicas, pero ahora mismo es pronto para hablar de ellas, entre otras cosas porque ni yo mismo sé todavía cuántas y cómo serán: dependerá de las ganas que tenga de escribir de una cosa u otra.
Pero por el momento, y ya me centro en el tema, creo que me apañaré con tres o cuatro categorías, y en estas líneas trataré de explicar la primera de ellas. Será la aparentemente más antigua, y uso este adverbio porque es donde situamos cronológicamente narraciones que en verdad son atemporales, supongo que porque el ser humano es muy dado a pensar que cualquier cosa fue posible si hace mucho que sucedió. Me refiero a relatos de fantasía, no necesariamente de espada y brujería (¿se dice así?), sino algo más general, cualquier hecho que solamos relacionar con ello: criaturas fantásticas pero que nos son familiares a todos, héroes y villanos, tragedias y epopeyas, historias que contar frente a una chimenea.
También habrá lugar para narraciones realistas o verosímiles, sin importar si están enmarcadas temporalmente en 1492, 2007 o 2050, aunque probablemente me centre más en aquello que estoy más acostumbrado a escribir, relatos actuales donde de hecho lo menos importante es cuándo tienen lugar. Es posible que alguno de los relatos que veáis en esta categoría os sean familiares, en el caso de que exponga alguno que haya publicado con anterioridad, pero la idea es que no sea así.
Una tercera división comprendería relatos un tanto inclasificables, desde fábulas sin moraleja y final nada didáctico a cuentos para niños con un lenguaje algo más adulto. Los relatos más oníricos y los desvaríos más notables encontrarán cabida en este sitio.
Por último, me reservo un espacio para, tal y como amenacé, manifestar una opinión, que no siempre tiene por qué coincidir con la mía propia, sobre aquello que sucede a nuestro alrededor, pero siempre en clave de relato, y no como hiciera en blogs anteriores.
Pese a todo lo dicho y como apunté más arriba, es posible que un día me levante con una idea feroz en la cabeza y escriba algo que no pueda ir en ninguna de las categorías descritas. Pero los que me conocen saben que soy un poco obsesivo y desde luego no seré de los que ponen siete etiquetas diferentes a un mismo post, cosa que no critico pero que no va con lo que busco. En Atlantis 2050 cada historia tendrá su lugar, y aunque nunca me ceñiré a ellos para limitar mi libertad de escritor, la idea es que haya un poco de orden.
Y ya está. Soy plenamente consciente de que una imagen vale más que mil palabras, y un ejemplo es, casi siempre, mejor explicación que dos mil palabras que se puedan escribir sobre algo, así que solo resta decir que pronto tendréis respuesta a vuestras preguntas o, por decirlo de otro modo, que esto ya está en marcha y a partir de ahora todo serán ejemplos.
Tampoco quiero dejar pasar la oportunidad de añadir, no para que seáis más magnánimos con las críticas sino porque creo que hay cierta diferencia, que lo que escriba en este blog no será excesivamente meditado ni revisado. Esto es, que podrán ser relatos, pero ello no significa que los guarde en la nevera. La idea es escribirlos del tirón, como mucho de dos sentadas aprovechando el borrador de Blogger, hacerlos en el momento, por decirlo así. Busco frescura, no ganar ningún concurso. :-)
Y sobre todo no dejéis de comentar.
5/11/07
Atlantis 2050
Desde que Platón la nombrara por primera vez en dos de sus famosos diálogos, Atlantis (o la Atlántida) ha sido objeto de estudio y fascinación para incontables personas de todas las generaciones. Por suerte o por desgracia, en tiempos del filósofo la ciencia no estaba tan avanzada y la cartografía dejaba mucho que desear. Esto alimentó la leyenda porque, si ya es difícil aventurar hasta qué punto los atlantes estaban adelantados a su tiempo, dar con la localización exacta de este reino ha sido misión imposible, dando lugar a muchísimas hipótesis, algunas ciertamente divertidas y otras más serias, todas con una supuesta base científica y moral pero, por descontado, ninguna demostrada.
Por alguna razón, o tal vez por todas las anteriores, Atlantis siempre se ha erigido como líder y estandarte de otros continentes perdidos como Mu, Lemuria o Thule, independientemente de que todos ellos fueran en realidad tierras desconocidas, "perdidas" al no haber sido reubicadas con el crecimiento y perfeccionamiento de los mapas. Desde su primera mención y a pesar de, tal vez, no haber existido nunca, Atlantis ha evolucionado de la mano de los hombres que la buscaban y los que fantaseaban con su aspecto y cultura. Quizá nunca sabremos cómo fue Atlantis, pero creo que casi todos nos la imaginamos igual: ruinas griegas en el fondo submarino. Porque de algún modo u otro, como los mejores dogmas, hemos dejado que se filtre en nuestro subconsciente, y ahora esa idea es mayor y más fuerte que todos nosotros.
Atlantis es, pues, mucho más que una isla sumergida en los océanos por la ira de los dioses. Ha sido el santo grial de más de un loco, la dedicación de muchos farsantes y, por último, ha servido como metáfora utópica de un lugar y también un tiempo mejor, porque Atlantis es pasado, presente y futuro, y puede que simplemente esté esperando su momento para volver a aparecer ante los ojos de los mortales.
Atlantis 2050 pretende aunar todas esas influencias. Habrá historias del pasado más remoto, leyendas de pueblos que nunca existieron, relatos fantásticos y también realistas. Análisis del presente (entendido como el planeta Tierra a principios del siglo XXI) y avances del futuro. Un sinfín de tiempos, lugares, personajes e identidades convergerán en Atlantis 2050. Os animo a descubrirlos conmigo.
